Música

Hay cosas que pasan desapercibidas por ser costumbre. Das muchas cosas por supuestas porque siempre estuvieron ahí. Es como las macetas: Las pones en un sitio y ellas, obedientes, ahí se quedan. Si te acuerdas las riegas y si no, pues se mueren. Y así…

Todo esto viene a que oímos porque tenemos orejas. Elemental, querido Watson; todo sonido que flota está a disposición de la oreja que estime prestarse a decodificar su significado. De ahí que, es muy probable que la señora que gritaba desde la calle ayer a un familiar que vive en el segundo de un bloque de pisos, de por bueno que el resto del vecindario conozca el nombre del susodicho familiar a un volumen de 130 decibelios, como si de un martillo neumático se tratara. Pero todo mutó en el momento que la telerrealidad bajó y el yerno de la señora emisora, bajó en nombre de la receptora y comenzó, por el mismo medio aéreo, a gritar que no soportaba la situación. Todo ello como si de un culebrón se tratara, mi amó…

Y, después de disfrutar del espectáculo, pasé al interior de una iglesia en la que había un concierto de navidad en curso; La música llenaba el templo: Colmaba todo lo que estuviera dispuesto a ser llenado. Los versos de los violines, la percusión y su pasión y el murmullo de las violas poblaban el firmamento al que teníamos acceso. Era perfecto.

Y lo era hasta que dos señoras de edad dorada, comenzaron a comentar cualquier cosa que podían hablar mientras se mira la telenovela. Pero no: Su insoportable cuchicheo avanzaba sin compasión recorriendo la distancia de sus bocas a nuestras nucas. Les rogué que, por favor, guardaran silencio y se llenaran de la música que envolvía nuestros cuerpos y colmaba los corazones.

Creo que su corazón apenas sería capaz porque comenzaron a hablar a los 0.382 milisegundos con la misma falta de sensibilidad que tiene un ciervo en el tiempo de la berrea.

Vaya ladrillo para alzar mi voz a favor de la música. El arte fungible que duerme en los pentagramas y resucita descorriendo la losa de su tumba y llenando de esperanza, de temor o de paz el corazón que se esponja en cada nota, en los silencios…

Grito cual trompeta que, como Sigfrido, alza su voz en el reino de los enanos.

Susurro como lo hace el viento entre los sauces llorones para pedir que sea la música la que nos empuje a sentir de nuevo, como si no hubiera costumbre; como si ella pudiera llenar el pleno vacío del corazón y lo colmara con todo lo que hace al hombre un ser que mira a las estrellas y las hace hablar a través de la historia que sólo ella, la música, puede encarnar.

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