PRINCESA

Tengo recuerdos de niño en los que me veo disfrazado de pirata, sobre todo por el palo-espada golpeando todo lo golpeable, y con cualquier cosa que pudiera encajarse en el cráneo para que los mandobles de otros piratas no abrieran mi cuero cabelludo. Cualquier cosa valía. Por parte de las niñas, se ponían muchos trapos en la cabeza, con sábanas largas de las de “¡que están recién lavadas!” a modo de traje de noche y con las pinturillas de la madre decorando primorosamente los párpados, mejillas y labios. Y jugaban a ser princesas.

Hoy, todos llevamos enterrados un futbolista, un pirata, una princesa en el cofre del tesoro de nuestros recuerdos infantiles.

Caminando temprano, veo cómo las puertas de los edificios están abiertas porque se están limpiando las escaleras, los descansillos y la entrada principal. Si entras en alguno de ellos y tomas el ascensor, huelen a limpio; y a ambientador de pino salvaje de las sierras de Nebraska… Vuelves a la planta baja y te encuentras a la limpiadora empuñando el palo de fregona, o mocho, con energía. Le pido perdón por pisar sobre el suelo húmedo pero va rápido: Aún le quedan dos edificios más.

El traje de sábana, modelito de gala que lucía en sus juegos, es ahora una especie de mandil a rayas con el logo de la empresa. Los guantes de terciopelo que acariciaban sus infantiles manos, son ahora de goma y hacen que suden tanto las manos que enrojecen y, a veces, se agrietan. Las medias de fantasía son pantalones de trabajo y los zapatitos de cristal, botas de seguridad.

La princesa limpia cuando tendría que estar descansando en su alcoba. Las piedras preciosas son rubíes, pues sus ojos arden con la lejía que emplea, inyectados de sangre y fuente de lágrimas. Las pulseras de oro son las gomillas con las que cierra las bolsas de basura y la tiara en la frente es un sudor que recorre toda su cara. Los pendientes son unos cables blancos que caen de sus orejas y llenan sus oídos de cualquier música que haga más corto el trabajo.

Pero, debajo de la piel de la mujer que esconde un cofre donde vive la memoria de la infantil princesa sigue sonando la música que hace que, en algún momento, baile a modo de vals con la fregona a la que está encadenada.

Tras la mirada dura de quien hace aquello a lo que se vio obligada, agazapada, aparece la ilusión de quien espera que todo cambiará. Que lo feo desaparecerá y la belleza se hará con los adoquines, las cacas de perro en la puerta y en los trozos de papel empapados en limpiacristales…

… el trastero donde guarda todo el ajuar se transforme en un salón de baile. Y la ilusión haga que el rubor retorne a sus mejillas.

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1 respuesta

  1. Juan Pablo dice:

    seguimos empeñados en hacer princesas a nuestra medida, a nuestro antojo…. En esta sociedad , esas niñas que soñaban con ser princesas se topan con príncipes autoritarios que se creen que tienen todo el derecho sobre ellas, por el simple hecho de ser hombre…. Mientras en toda la esencia del ser humano , sea hombre o mujer, no haya un resquicio de saber que la igualdad en todos los aspectos del ser es innegociable , de nada sirve soñar con volver a ser niños…. No se si el comentario tiene mucho que ver, pero no me gustan los cuentos de princesas que sueñan con llegar a ser lo que otro quiera ….

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