NUESTROS MUERTOS

NUESTROS MUERTOS pHay un dicho que refleja de lo que va el escrito de hoy: “Uno no sabe cómo camina el compañero hasta que no calza sus mocasines”. Y es cierto. No comprendemos lo que duele transitar un camino del que otros tienen referencia hasta que te toca a ti subir la pendiente.

A raíz de la lectura de un post en el que alguien lanzaba una visión impopular sobre cómo se está tratando un accidente en el que han muerto personas de distintas nacionalidades, me ha dado por darle un par de vueltas. La poco ortodoxa forma de mirar el hecho fue que, cuando ocurren tan dolorosas situaciones, se junta Roma con Santiago, se ponen todos los medios a funcionar y no hay otra cosa…

La cuestión subsiguiente es que la muerte trata igual a todos los vivos. Y, con el dolor, pasa lo mismo. No es que no hayan muerto los que se dejaron la vida en la carretera el último fin de semana: Es que son casos más “normales”, menos mediáticos. Son muertos domésticos.

Si uno tiene la suerte de morir en tan extraordinarias circunstancias, sale en las noticias y la angustia se promociona, breaking news, por todo el planeta. Siento con todos los padres, hermanos, hijos y compañeros el dolor atroz que causa tan inesperada pérdida. Pero…

Cuando en cualquier lugar del Tercer mundo mueren por hambrunas, inundaciones, tifones, enfermedades, plagas bíblicas en general, nadie llora por la tele. Estamos tan acostumbrados a que los condenados a muerte durante largos períodos de tiempo mueran cíclicamente, que no se nos mueve nada. Sale el anuncio de “situación de emergencia” solicitando ayuda, pero las fosas comunes se llenan de cadáveres y llantos mudos. Nadie puede acercar a la familia al lugar de los hechos porque todos están siendo enterrados en el mismo agujero.

Ojalá nuestros muertos nos hagan mirar a la vida de otra manera. Nos solidaricen y nos cambien el corazón de piedra que se moja con el llanto por los que no volveremos a abrazar, a uno capaz de sentir el dolor de todos nuestros hermanos sufrientes.

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