PORQUE YO LO VALGO

…y en esto que voy caminando y me cruzo con cualquiera y me tengo que apartar porque es absolutamente divino y tiene derecho a caminar por donde le plazca; digo divino cuando quiero decir guapo o bienvestido o ultrafasion. ¡Qué más da! La cosa es que puede. O que estoy conduciendo por una calle y un señor o señora mayores, educados y curtidos por la vida, van caminando por medio de donde van los coches: Sí, esa acera que hay entre las otras dos más pequeñas que están pegadas a las tiendas y los bloques de pisos. Y tengo que respetarlos porque son gente mayor que no tienen ningún reparo en no respetar a los conductores porque están mayores y merecen todo nuestro respeto. Ah. Eso ya lo he dicho. Y gracias a nuestra cosmopolita forma de ser, puedo convivir con otras especies animales que me acompañan en mi vida para darle color. Para dar color, también, a las aceras, las que están a los lados de donde caminan los mayores que merecen todo mi respeto; que no respetan las reglas de circulación y por las que los viandantes tenemos que apartarnos por la gente ultrafashion y sorteando las cacas de los que no tienen la culpa de tener a otro animal como dueño. Aaaaaaay. Que me quedo sin resuello. Así, el panorama se vuelve selváticamente urbano: Civilizadamente inculto. Es el triunfo del ruido de los motores y de la música que avasalla desde los coches de los que creen que la música tecno o de fiesta rave es un bien que toda la humanidad tenemos que compartir. Donde la comunicación es a gritos. Perdón: Donde nos imponemos a gritos. Porque no ganan los argumentos sino los decibelios. Quien ladra más fuerte, tiene muchas más posibilidades de ganar un conflicto pírrico que se reproducirá mañana con más virulencia si cabe. Esta es una fiesta de mascarillas regeneradoras del ADN de la piel, en la que la juventud es el valor fundamental. Y asisto al suicidio de los años que antes eran fuente de respeto y sabiduría en favor de la juventud que aporta todo lo que se puede comprar pero no añade valor a ningún ser humano. Sorprende cómo la televisión, con sus culebrones y sus realitis, me cuenta una y otra vez cómo la rana que es rana clama por ser besada por cualquier sapo para seguir siendo rana por muchos años a base de vender todas las mierdas pasadas, presente y futuras, pero dándoles un nuevo formato que haga que lo mismo sea vendido una y otra vez a un precio cada vez más alto. Y qué se puede esperar de una sociedad que consume mierda, defeca mierda y vuelve a comer la basura que ha desechado. Cada vez que se cierra el círculo del ciclo del consumo, se baja un escalón en la evolución. Se impone el simio que llevamos dentro en detrimento del ser evolucionado. Una involución, una regresión al pasado, pero en alta definición. Y todo esto, ¿porqué? Conviene hacer esta pregunta para comprender el estado de cosas que vivimos. Creo que la situación es complicadamente sencilla. O sencillamente complicada, como más te guste. Si hay algo que distinga al hombre del resto de especies es que puede hacer y deshacer una misma cosa cuantas veces quiera. Es capaz de buscar las preguntas y las respuestas a voluntad porque su ansia de conocimiento sólo es comparable a su capacidad de destrucción de todo lo que le rodea, que no es otra cosa que el reverso tenebroso de la inteligencia: Cuanta más inteligencia, cuanto más conocimiento va creciendo, paralelamente, la bestia primitiva que tenemos dentro y que lucha por salir para recuperar lo que le pertenece: El instinto. Cuando es el instinto el que impera, no se necesitan valores porque el único valor es el instinto. La fuerza que te empuja a sobrevivir y a reproducirte y que no atiende a la parte evolucionada del encéfalo. El motor de la sociedad de consumo porque apela, esa sociedad de consumo, a argumentos que no se disciernen, sino que se sienten. Y si son los sentidos los que gobiernan… Ya sea en el tercer mundo, donde la supervivencia no es una opción sino que es una consecuencia de la existencia del primer mundo, o en éste último, los instintos más primarios afloran. En el tercer mundo el hambre, la ausencia de oportunidades de prosperar, la falta de educación, la corrupción y, por consecuencia, la explosión demográfica que experimentan los grupos religiosos y las ideologías mesiánicas radicales que prometen un futuro mejor a través del exterminio de todos los que no sean del propio grupo es el pan nuestro de cada día; perdón: El hambre nuestro de cada día, el abono de un asesinato colectivo, de un holocausto donde sólo unos pocos sobreviven al tener la suerte de conseguir un asiento privilegiado en el show de la muerte de los suyos en otra guerra civil. Y en el primer mundo el hambre de valores que dignifiquen una vida condenada a consumir para existir y que se exporta como la mejor manera de vivir, como la mentira tantas veces dicha que muta en verdad como un sueño digno de ser vivido; la falta de oportunidades de evolucionar dentro de las ideas, condenándolas a un movimiento pendular donde los malos de hoy son los buenos del mañana; la oferta hasta el hastío de anuncios de felicidad en pastillas y de máquinas que esculpen tu cuerpo sin apenas darte cuenta pero no te ayudan a ver que verdaderamente tu vida tiene valor aunque no tengas la talla 38. Veo como el exorcismo a todo lo que represente una pregunta que me mueva de mi posición a favor de nuevas posibilidades se extiende a todos los ámbitos de la vida. Así, lobotomizado a toda posibilidad de cambio, me vuelvo integrista, intransigente, fascista y violento contra todo ser humano que me roce cuando camino; No. Ni siquiera camino. Estoy sentado enjuiciando lo divino y lo humano y no me pienso mover ni siquiera cuando los cadáveres resuciten y me recuerden que tengo una cuenta pendiente con el resto de la humanidad. Si. Yo con el resto de la humanidad. Y, considerando éste discurso lógico, todos y cada uno de mis hermanos de la familia que formamos, cuando queramos o cuando algunos de los que pensamos que somos más lúcidos que ellos, demos razón de que es posible cambiar, que vale la pena y que hay tierra al otro lado del océano de cosas que nos impiden zarpar.  

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