PIELES ROJAS

Pieles Rojas 3.jpgComienzo esta reflexión haciendo un poco de historia. La gente que emigraba al Nuevo Mundo eran los que no tenían nada que perder y veían una oportunidad de mejorar su vida. No emigraba la gente con recursos: Eran los parias. Dicho esto, seguiré con una breve mención a un pueblo aborigen originario de América del Norte. Hablo de los Redskins o Pieles Rojas, ese pueblo tan cinematográfico y masacrable por el hombre blanco. (el que era repudiado en su propio país y que ahora se comportaba con los demás con la injusticia con la que los pobres eran tratados allá). Una vez hecha esta leve introducción, voy al asunto. Lejos de la extinción a la que se ven abocados todos los pueblos que no son mayoría, tenemos uno que está en aumento gracias a la crisis. Los podemos ver por las calles. Ocupan las aceras y las puertas de los templos. Sus miradas viajan perdidas, vidriosas, lentas y ofuscadas… Los mendigos que pueblan nuestras ciudades y pueblos tienen la piel roja. Enrojecida por el alcohol en muchos casos y por la exposición a los cambios meteorológicos. La mitología nos muestra a los indios americanos con los brazos levantados orando a los dioses que hablaban desde el cielo y vivían en la tierra… …los que suelo encontrarme extienden la mano para pedir limosna. Es un oficio cualquiera que, de algún modo, es rentable. Tan rentable que hace de algo que nunca, y digo nunca, debió empezar (la mendicidad) se convierte en modo de vida que se mantiene a través de los años. Los pieles rojas de hoy no viven en Tipis: Sus lugares de cobijo son los cajeros automáticos y algunos puertas de centros comerciales en los que instalan sus cajas de cartón: Se cambia la piel de búfalo por otra de celulosa, más ligera y ecológica. Y el agua de fuego, la misma que ayudó al ocaso de los pueblos americanos, es el mismo agua con el que los nuestros apagan su sed. Se les extirpa la esperanza; se les trepana la dignidad y se les condena a vagar por las venas de nuestros pueblos. Así, ellos creen que no les queda más remedio que deambular el resto de sus vidas o a estar confinados en las reservas habilitadas para ellos, los indios y los sintecho, en los albergues municipales: Con aforo clauso y tiempo limitado. Su idioma es incomprensible como la de los indios. Con la lengua apelmazada por los taninos de los cartones de vino tinto, apenas articulan sonidos comprensibles, sólo descifrados por sus compañeros de tribu. Risas sin alegría, un olor nauseabundo a estepa adherido a su piel y otro palito a la burra, otro chupito de olvido, otro escalón en el lento descenso a la deshumanización que busca dignidad en el culo de una botella.

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