JAURIA

Jauria 2 p
La noticia se anunció como siempre. Estábamos tan tranquilos comiendo y apareció la señora con torso y sin piernas contándonos que una nueva patera había sido recogido en cualquier parte del mar. En las imágenes que ilustraban el suceso, aparecían subsaharianos ateridos por el frío del mar. Deshidratados por la falta de agua. Con la mirada asustada, perdida, pero con la certeza de que sus pies estaban pisando tierra firme, la otra tierra firme en la que se atan perros con longanizas. O aquella en la que no te mata la guerra entre los tales y los cuales.

Como era lo de siempre, pasé al modo borrado: Ese que hace tabla rasa con las noticias del cambio climático, vertidos tóxicos y violencia de género. Pero hubo un detalle que me habló de una manera distinta a las otras veces. Al parecer, faltaba gente en la patera cuando fueron recogidos. Rascando un poquito, se vino a saber que los que faltaban eran cristianos y los que quedaron, musulmanes.

Había musulmanes y cristianos: Todos pobres y con el miedo impreso en la retina. Desahuciados por sus propios países, aterrorizados y sin futuro, se embarcaron todos. Ambas religiones se unieron en una barca. Deportados por un futuro incierto en sus casas y la promesa de que podría ser mejor en el norte. Fundidos por el casco de una barcaza, pareció que eran una tripulación.

Pero no hay honor en el miedo. Sólo supervivencia. Si la mayoría decide, se expulsa a la minoría. Y no hablo de la patera en cuestión: Hablo de la ley por la que se rige el más fuerte.

O quizá sí hablo de la barcaza donde la mayoría expulsa a la minoría por ser distintos.

La barbarie que los desterró de sus países, se instaló en la patria mar. Y sirvió de tumba líquida a quien tuvo la suerte de creer en un dios con nombre distinto al de la mayoría.

Es entonces cuando recuerdo una frase: “El hombre es el lobo del hombre”. Cuando se cruzan las fronteras de la cordura y la misericordia, se instala la primitiva ley del instinto; no se distingue entre un hombre y una mujer: No existe el criterio que ampara a todos los hijos de mujer. Se viste el yelmo y el peto de la guerra: Se mira como bestia a quien fue tu hermano, es tu hermano, y se ofrece a Marte en sacrificio, como exvoto. Mi dios por el suyo. Su muerte por mi vida.

La pobreza no sólo te quita los bienes. Te amputa la humanidad. Y despierta la jauría.

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1 respuesta

  1. mariseba dice:

    Cuanta razon,cuando tenemos y nos sentimos con poder-riqueza nos creemos TODO,pero la pobreza -desesperacion nos achica y nos hace humildes hasta el punto de la sumision total…

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