INVENTANDO LA GUERRA

FLECHAUna densa humareda cubría el horizonte. Negra y amenazadora como las llamas que aparecían vacilantes y naranjas en su raíz. El deforme y etéreo meteoro caminaba pesadamente bajo el sol. Una vez más vencieron los fuertes y perdieron los débiles. Otra vez. Se dibujó en la cara de los vencidos el rictus que solicita a los dioses respuestas por las que valió la pena luchar y perder. En su corazón, todos los amigos, familiares y conocidos que se secan bajo el viento que mueve la negra columna: La que engulle toda la esperanza y firma un pacto con la muerte. Es en ese momento en el que conviene recordar porqué luchamos; cuál fue la razón que nos despojó de ella para dejar que, el más famoso de los cuatro jinetes, volviera a espolear su caballo hasta dejar ver sus entrañas. En este instante la memoria no ha de faltar. Pero, curiosamente, no sirve para evitar males venideros de la misma naturaleza de la que estamos hablando: Aprender del error y erradicar para siempre la violencia. No. Se convierte en el caldo del cultivo de la nueva venganza que cree que la muerte de otros traerá los nuestros a casa, donde podremos abrazarlos… Los huérfanos triturarán su tristeza y harán la digestión mezclando su soledad con pólvora. Olvidarán que los enemigos también creyeron que esa era la solución. Y nunca vino, la paz, de la suma de bajas de cada bando. Nunca un armisticio tuvo como intención pedir perdón. Fue un tiempo muerto antes del siguiente asalto. Se abre de nuevo el telón y las madres se despiden de sus hijos. Marchan a un lugar del que creen que, pasado el tiempo, los devolverá intactos. Pero si vuelven, no serán los mismos; Las imágenes de los caídos les harán decidir que es mejor vivir sin memoria, pues nunca la muerte de un amigo o de un igual, por una causa justa, fue la mejor excusa para perderlos. Con ello, se desvanecen la dignidad, la inteligencia y la humanidad. Nos decapitamos e inventamos la guerra: Y volvemos a creer que una guerra pueda quizá ser justa. Sea acaso la solución.

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