JESUS BLOOD NEVER FAILLED ME YET *

Dentro. Giro. Escucho. Duermo. Mi boca se abre. A veces, sonrío. Ese sonido tan rítmico me ayuda a saber que algo va a pasar. Antes todo era más grande pero, ahora, no quepo.

Rompo a llorar cuando mi mundo desaparece. Hace frío pero el son que me ha acompañado alrededor, está ahora en mi oído. Me tranquiliza.
Siento algo que me retuerce las entrañas. Duele. Y grito porque no entiendo nada. Pero, algo se pone en mi boca; instintivamente, comienzo a succionar. Cae entonces por mi garganta la paz que acalla el dolor. Me canso mucho. Duermo. El dolor vuelve y la paz también. Comprendo que, cada vez que sienta esa angustia, beberé de la fuente del calor y la ternura, el néctar de la paz.

Tras mucho tiempo me refresca la garganta tras los juegos, la gimnasia y el calor, el agua fresca y las bebidas azucaradas. En las fiestas, los mayores beben muchas cosas con espuma y con trocitos de hielo. Se ríen y dicen inconveniencias. Pero todo es felicidad cuando nos juntamos: Familia y amigos, con ponche en el que nadan trozos de melocotón.

Hay una fiesta: Una cervecita, dos. Otra, tres, cuatro. Un partido: Una por cada entrenador, juez de línea y árbitros. Y celebramos la victoria de nuestro equipo diciendo al parroquiano de al lado lo mucho que lo queremos.

La sed aumenta. Y cada vez necesitas más para que el dolor que te dobla se acalle. Y se silencia. Pero se huele. La cara enrojecida, la lengua pesada, el chicle de menta que disimula pero no espanta el tufo a vinaza.
Las mentiras se hacen amigas de los paseos a buscar tabaco, a estirar las piernas, a la necesidad de respirar aire puro o de ir a la farmacia porque me duele la cabeza. Y cómo araña el dolor por dentro. El sonido de la sangre de Cristo cayendo en el vaso es preludio de la paz que distorsiona la razón.

No hay ni ayer ni mañana ni luego. Sólo ahora. Nada es tan importante como ahogar las cuchillas que seccionan mis órganos, mi inteligencia; la dignidad y todo lo que me importa. Porque ya no puedo más que arrodillarme ante la barra, la lata en la calle o la petaca en lo escondido.

Antes eran muchas. Ahora, con un par, ya no me tengo: Soy esclavo.

Otra vez.

(* La sangre de Cristo nunca me ha fallado)

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