LA LEY DE LA SELVA

Ahogar los recuerdos. Levantar muros para no volver a mirar, no sentir de nuevo. Pero, como un pitbull cuando te tiene agarrado, no te suelta: Encaja las mandíbulas para que no te puedas librar de la dentellada. Crujen los huesos, te desgarran la piel. Y el alma.

Llegaron como siempre. La muerte infinita se vertía desde sus ojos vacíos y rojos. No importaba que se llamaran de una manera distinta. Todas las partidas de guerrilleros que apisonaban la aldea hacían lo mismo. Sembraban el miedo. Y, pasado el tiempo, recogían la cosecha de niños para ser sus soldados.

La madre violencia pare multitud de hijos: La falta de oportunidades para la educación, desestructuración de las familias como pan nuestro de cada día; la fuerza como la única razón para imponer un criterio. Todo amparado en la inestabilidad política que hace que la dignidad humana baje un escalón, cada generación, hacia la barbarie.

Y es que es tan fácil ejercerla. Es sencillo empuñar un arma y amedrentar a las mujeres. Y cierran los ojos. Y son los recién llegados, con las mismas intenciones, los que se adentran en ellas y desgarran todo a su paso. Uno, dos… No hay mesura. Sólo la violencia de quien sabe que está dejando un cadáver vivo, un cuerpo aterrorizado, un alma hueca. Cubierta de babas y de vergüenza, sólo les queda esperar el próximo envite, el fruto no deseado de una violación que te deja rota.

¿Cómo una mujer o una niña pueden volver a retomar una vida, una relación cuando llegue la ansiada paz, si cada vez que sienta la mano de alguien cercano, recordará el olor acre de quien pisoteó el sagrado terreno de la dignidad y la propia voluntad? ¿Quién podrá devolver la esperanza o la limpieza a una mirada que quiso ser ciega pues no quería, no podía, no sabía dejar de mirar el dolor desde dentro bajo la furia de los que hicieron de la guerra su religión?

Así, como los perros a los que les han dado palos, buscarán protección. Si alguien, les trata con cierta educación, sentirán algo parecido a la paz. Creerán que es mar lo que es charco; pero será suficiente. Amputada toda posibilidad de dignidad, se acostumbrarán a mirar hacia arriba. Las farolas serán estrellas, las estrellas desaparecerán y el negro será el color de la fiesta.

Las madres de la guerra, desterradas de su patria, arrancadas de raíz, no tienen crónicas que evocar, no hay recuerdos ni cuentos que contar a los hijos. Ellos, sin referencias ni mitología, crecerán sin memoria. Y eso les hará repetir los errores que condujeron a la vida que viven ellos y sus madres.

Cada paso vacía más la colectiva memoria y hace más próxima la vuelta a la selva: Allí no hay árboles ni chozas: Sólo montañas de basura y aguas fecales en la periferia de cualquier gran ciudad: Donde el instinto y la ley del más fuerte nada saben de humanidad.

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