SUICIDIOS

La primera vez fue por empatía. Estábamos en una fiesta de las de instituto y una cosa llevó a la otra. Vi cómo otros lo hacían y me pareció que, para no ser menos, debía imitar el comportamiento. Recuerdo que las consecuencias fueron curiosas: Mi ascenso a los infiernos fue caminando. Tracé curvas de lado a lado en una avenida de dos direcciones y cuatro carriles. Al fondo, habían luces que se tornaban rojas y verdes, con tonos anaranjados… Algunos cuadrúpedos con ruedas se molestaban por mi presencia, pero yo no estaba…

Y siguieron muchos. A veces acompañado por Tolouse- Lautrec que, desde la pantalla, buceaba en coñac; otras en la calle que, hiciera frío o calor, nos invitaba a una turba a amputar el natural instinto de supervivencia a favor de un rito que, a plazos, nos hacía relacionarnos y morir un poquito cada fin de semana.

Con los amigos, solo, escondido o en fiestas familiares. La petaca junto al móvil, para responder a la llamada de Caronte a cruzar de nuevo a la otra orilla donde morir de nuevo.

No es malo morir una vez. Es mucho peor morir demasiadas veces. No saber caminar por ti mismo sin la muleta que distorsiona el presente y lo hace hueco. Tan hueco que hay ecos y dobles imágenes que me roban la dignidad y me arrodillan ante Baco una y otra vez.

Muero otra vez. Apesto. Y cada vez más, me veo como los muertos vivientes, caminando torpemente, insultante imagen de todo un hijo de Dios esclavizado.

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