PALABRAS

Tenía que ser complicado por aquel entonces. No había manera de contribuir con ideas. Sólo avisos, como en los tablones de anuncios, que sirven para publicitar ofertas. En el tiempo en el que el que hacía más ruido, el que pegaba más fuerte, imponía su criterio. Cuando su fuerza desaparecía, llegaba otro que lo desbancaba e imponía la suya. Todo era un aprendizaje a golpes. Efectivo y comprensible. Compartir. Parecía una idea de débiles, de los que nunca podrían imponer su criterio; pero fue desde ahí, desde la necesidad donde se empezó a gestar un sistema donde podríamos tener un lugar común, un espacio de encuentro. Todos con significantes y significados comunes. De tal manera que agua era agua y luz era luz. Todos comprendían aquello que se proclamaba y no había lugar para la duda. Cuando el recelo aparecía, se apelaba al común sentido y aparecía, tras el diálogo, de nuevo la paz. Hoy por hoy, las palabras no sirven para traer la paz. Son sonidos vacuos, neones apagados que no comunican sino que distraen. La prehistoria de la comunicación, a golpes, violentando el género y apisonando la inocencia, se transmuta a través del desatino de los continentes sin relleno en un eterno retorno a la ley del más fuerte. Por todo esto, apelo al amor, el más potente de los significados: Al amor por el que abandonamos casa, familia y patria. Como cicatriz en la conciencia y corazón, para no permitir que las palabras sean el fertilizante de la violencia. Lo trasplanto desde la cordura y la pureza de los arquetipos para que la basura del tedio no lo emponzoñe ni desvirtúe. Saco punta a mi lápiz, como en la papelera de la EGB, junto a algún compañero con el que hablaba, y pido que escribamos. Que sean las frases, los versos, consonantes o asonantes, los que encarnen las ideas: Que sean semillas del futuro. Y verdad, dignidad, para todo el pueblo.

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