A LOS OJOS DEL SEÑOR

Seguridad. Es lo que todos queremos. Nos hace sentir tranquilidad la situación que controlamos con certeza. Y, como buenos seres humanos, queremos asegurar los parámetros para que así siga siendo. La inseguridad no es interesante. Es inestable, presa de la veleidad: Como las olas, viene y va.

La introducción es la puerta a una reflexión impopular. Cuando uno se pasa cuatro años de su vida estudiando para una oposición, busca una situación segura, sólida y que nos garantice el sustento. Una vez conseguida la plaza, podemos adoptar dos actitudes:

– La consabida y parodiada actitud del funcionario, que hace lo menos posible y se ciñe exclusivamente a lo que pone el convenio.

O…

– La del servidor público, que hace de su trabajo un verdadero servicio a la comunidad, que quiere la retribución que merece y trabaja por ella.

No es una simplificación. Es una manera rápida de describir algo que, de un modo u otro, todos conocemos. Están los que dan lustre y dignidad al trabajo y los que hacen que la leyenda sea más grande y verdadera.
Yo lo voy a trasladar al plano que a mí me importa: La religión. Esa realidad lubricada por las creencias y la tradición que hacen de su percepción algo extremadamente subjetivo. Me referiré a los funcionarios. Ordenados y consagrados que, una vez que han pasado la preceptiva oposición, filtros propios y demás métodos depurativos, tienen dos opciones:

– Viven conforme a la norma: La que asegura que, si se hace lo que dice el manual, no te puedes equivocar. Si eso no vale, apelamos a la mediocridad que, con una reconocible pátina, va recubriendo los hechos y actitudes. A ella nos referiremos cuando alguien nos llame la atención. (Axioma de “y tú con esas gafas” o “Vas a ser más papista que el Papa”)

– Los que viven la vocación. Son los que hacen que los anteriores se molesten. No son la leal oposición: Son los que apelan al amor primero tras presentar, cada mañana, su corazón a Dios, sabiendo que nada pueden si él no construye la casa, el día, la vida.
No hay nada que nos asegure que nuestra vida es luz del Evangelio. Pero sí hay frutos que hablan de lo contrario.

Si la Iglesia no da frutos del Espíritu, es porque está sembrando otra cosa. No diré qué: Sólo afirmo, con la verdad que posee un laico, que estamos recogiendo una cosecha de viento y nada. Como dicen, donde no está el beneficio, cerca está el perjuicio.

Por ello yo, que estoy en el paro, me ofrezco para trabajar por el Reino de Dios. Me gustaría poder recibir un salario digno para poder darle al César lo que es suyo. Pero no quiero un contrato fijo: Quiero ser eventual, para no sentir que mi puesto es mío. Lo único que así siento es mi corazón, que es el lugar donde dice la Palabra que habita Dios. De ese modo, seré a los ojos del señor el esclavo que tiene sus ojos fijos en Él.

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