MORCÓN

¡Qué me gusta! Cuando voy por la calle y veo a los adolescentes, más tontos que por encargo, ante las adolescentas que se pavonean y, con medido desdén, juguetean con lo que tengan a mano: El móvil, un collar, o una bolsa de cualquier tienda de moda. De un modo u otro, ponen perfectamente en escena la edad del pavo: En 3D y rutilante panavisión. Hardware recién salido de fábrica. Curvas de fábula con procesadores de última generación casi por estrenar. Tabletas de chocolate en cuerpos tatuados con caracteres cirílicos. Tupés de infarto sobre caras que miran al infinito subyugando al deseado género. Un despliegue de plumas y medios para doblegar cualquier voluntad. El cuidado del cuerpo, en ambos sexos, puede variar. Pero no es extraño ver a la reina del baile pasar a formar parte del vulgo en poco tiempo. Tampoco al rey. Este curioso proceso va degradando los cuerpos y el vértigo que producían se traduce en desinterés de la concurrencia; de cuerpos equilibrados a seres con el centro de masas algo descentrado. El glamúr que desprendían se va enterrando entre kilos de kebabs y pizzas, comida rápida de digerir y lenta de expulsar. No es difícil ver al príncipe azul por el paso de cebra con unas chanclas hechas de material usado en la estación espacial internacional, camisetas de tirantes con tela supertranspirante con dificultad para contener ese cuerpo de morcón con el abdomen hinchado por la dieta antes mencionada y bañador hawaiano bajo el ombligo. Su espalda está curvada hacia atrás y su mirada sugiere dificultad para enfocar. La otrora monarca desfila enfundada en un traje- calcetín y calza pantuflas rosas con pon- pón. El tiempo de las risas se pasó. Ahora es el tiempo de pasarlo. De sobrevivir como se pueda. Y de recordar cuando fuimos los mejores.

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