CON DIOS…

niña rezando adsisSon maneras de relacionarse. Se ajustan a la capacidad de percepción de lo intangible. Las oraciones son las herramientas donde nos vaciamos de nosotros para que Dios se haga más grande. Cuando eres adulto, hay multitud de métodos para silenciar el ruido que habita permanentemente dentro. Como el profeta, sales al encuentro cuando han pasado el terremoto y el huracán y queda la suave brisa, el silencio…

“…me acuesto. Con Dios me levanto. Con la virgen María y el Espíritu santo.”

En el caso de los niños es más sencillo, porque estás sentando las bases. Apelas a imágenes que son asumibles por el tierno infante. De ese modo, la imagen del creador de todo, se hace menos grande y puede caminar por la incipiente iconografía del niño.

“Cuatro esquinitas tiene mi cama. Cuatro angelitos que me acompañan”

Pero temo que, en la evolución, no haya una oración que alumbre el camino del niño al adulto. Paso de rezar con él a decirle que es él quien tiene que encontrar su propio modo de relación con lo trascendente. Y, quizá, no lo estoy acompañando.

“Y me dicen: Duerme, reposa. No tengas miedo de ninguna cosa”

Creo que es el respeto el que ha de presidir los pasos hacia la madurez. Lo creo y lo mantengo. Pero, como esto es una monarquía, donde se hace lo que la reina y yo decidimos, hoy quiero decir que, aunque apenas quepa ya en la cama, mi adolescente sigue siendo mi niño.

Me armo de valor, le abrazo y vuelvo a rezar con el niño que vive dentro. El mío también. Acaba la oración y comienza el sueño.

“Hasta mañana si Dios quiere. Buenas noches”

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