EL TRATO

Mira que llevo tiempo presenciándolo. Alguien quiere vender cualquier cosa. Enfrente, otro que la quiere. Comienza el juego. El que vende quiere vender caro y, el que compra, lo quiere barato. Ambos titiriteros saben lo que vale, pero ninguno está dispuesto a ceder en sus posiciones. Se tantean, se ríen; hablan de cómo está el país y se hermanan en una misma opinión cuando hablan del generoso pasado, que fue mucho mejor que el incierto presente, el oscuro futuro. El baile prosigue. La coreografía marcada desde tiempo inmemorial, la del engaño, se desarrolla según lo previsto. Una vez cargada la mercancía, comienza de nuevo el tanteo, el juego. El comprador intenta afeitar un poco más. El vendedor, teatralmente, se ofusca y dice que no es eso en lo que habían quedado. Amaga con dejarlo y que se descargue la compra. “No nos precipitemos”. Entre risas, el comprador media para que baje la histriónica tensión. Los contrincantes vuelven a observar el escenario y la platea contiene la respiración. …y después de eso, se dan la mano; el vendedor le quita 10€ para que el cliente se tome una cervecita a su salud y ahora paz y después gloria. Juego de truhanes y mentirosos. Diversión para los profesionales y pérdida de tiempo para los profanos. Si las cosas tienen un valor conocido, ¿por qué tenemos que andar perdiendo el tiempo, que es el único valor que no se puede recuperar? Los duchos en la materia me dicen que ha sido siempre así. Que es un modo de relación, de marcar territorios… No me gusta el trato. Me insulta la inteligencia, me agota… A cada uno lo suyo. Y punto. Invirtamos el tiempo en algo más interesante que lo fungible y lo comprable.

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