ENCARNACIÓN

Misteriosa palabra, oiga. Y no lo es por su comprensión, sino por el porqué de la venida de Dios al mundo en forma de hijo de hombre. Me da que estaba Dios en la molicie de la eternidad, escuchando cánticos inspirados y toques de trompeta y de cítara: La música está muy bien para pasar el tiempo pero, en la eternidad, es algo que no tiene mucho sentido. El tiempo lo es todo o es nada, según se mire. Para él no es un problema porque es el alfa y la omega y, como está al principio y al final de la historia, pues eso, que le daba igual. El todopoderoso estaba todopoderoseando un rato cuando se dio cuenta de que ser la hostia estaba muy bien, pero que no tenía sentido porque, al ser todo amor, necesitaba darse y darlo: Todo el amor. Después de unos divinos ratillos, le dio la vena creativa y empezó a crear. ¡Pum! Galaxias, planetas y demás familia estelar. Todo muy infinito y muy negro. Expandiéndose y dando razón de la gloria del creador. Se fijó luego en una mota de polvo muy bonita y azul. Ahí se dedicó a ponerle nombre a la luz y a la sombra; los animales y plantas y todo lo que se puede hacer en una semana de 40 horas laborales. Cansadico, cansadico, creó un ser a su imagen y semejanza. Un ser que era amor y era creativo y le gustaba la música y que no quería estar solo. Y llegamos a la familia del paraíso tal y como cuenta el cuento. ¿Para qué necesitaba Dios crear a un ser que lo traicionaría y lo vendería por treinta monedas a la primera de cambio siendo que podía haber creado a señores sin voluntad y con el único propósito de alabarlo con cítaras y blablablá…? Pues justo por eso: Porque quería que lo quisieran cuando ellos verdaderamente quisieran y no por decreto divino. Así se creó la libertad: Que es la posibilidad de hacer algo sin ser coaccionado para hacerlo. Ser omnipotente es guay. Pero ser amado es mucho mejor. Cuando te aman te sientes vivo y la eternidad es poco continente para tanto contenido. Resumiendo: Crea al ser humano para que, desde su libertad, su ser imagen y semejanza de Dios, hagan en la tierra como se hace en el cielo. Y Dios amaba mucho a su hijo cuando estaba en el cielo. Pero, cuando lo envió a la tierra, lo amó mucho más intensamente porque su ausencia hacía que se hiciera más patente el amor que le tenía. Pero Jesús era sólo el botón de muestra: Todos los hijos de Dios eran echados de menos y amados de tal forma que Dios los tenía presentes a todos en su corazón y con ternura de padre los cuidaba. Y se dio cuenta que era algo que ocurría entre los hombres también. Cuando estaban con sus hijos, ellos los cuidaban y mimaban; los educaban y protegían. Pero, cuando se alejaban al irse al colegio o de excursión o a solfeo también sentían que no querían que se alejaran mucho porque es maravilloso el regalo de un hijo y no hay nada como la distancia para avivar los amores que son de verdad. Y, cuando veían a otros hijos, se sentían aún más vinculados a los suyos. A la vuelta a casa, los abrazan con más conciencia y gratitud por todo el bien encarnado en cada uno de ellos.

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