LO BUENO (de estar muerto)

Todos empeñados en elucubrar sobre la inmortalidad y nadie repara en las maravillosas ventajas de la mortalidad. Con su punto y final, con su acta de defunción y su posibilidad de donar los órganos. Las flores y mortajas, los llantos y las caras circunspectas. ¡Qué escenita!

Allí está el muerto, con toda la gente alrededor. Bueno, los que tengan gente alrededor, porque hay gente que se muere y se sigue muriendo, de asco, porque no hay nadie que esté cerca, que le vele. Ves: Ese, se muere dos veces.
Y allí, en el tanatorio, el ataúd de ataúdes, el cementerio de guardia, la empresa de entierro temporal (E.E.T) se llena de gente que va a acompañar en el sentimiento, se fuma un cigarro a la salud del cáncer de pulmón, fiel aliado de los tanatorios, y se largan a seguir viviendo la vida que hayan elegido vivir.
No tengo por menos que ponderar los efectos secundarios que tiene la muerte tanto en el difunto como en los familiares y amigos. ¡Qué guapos y buenos somos cuando nos morimos!
Gracias a los tanatoesteticistas, los muertos parece que están vivos. ¡Qué cutis, qué cosa! Están guapísimos. Como nunca lo han estado. Para que la belleza siga siendo el patrón por el que nos regimos tanto en vida como en la muerte.
O, como dice mi suegro, ¡ay del día de tus alabanzas! Esto viene a significar que cuando nos morimos hay amnistía general de todos los males que ha causado el fiambre. Y sólo sobrenada, sobre tanta mierda a la que no se le vuelve a mirar, las cosas buenas que hizo el de cuerpo presente.
Cuántas cosas vienen a nuestra memoria del muerto del día. Tan fresquito y con tantos recuerdos de hace tanto tiempo. Quizá también hay alguno reciente pero, hay que ver que bueno o buena era. Mientras estuvo vivo, no nos importó fijarnos en la mota de su ojo, ni nos preocupó cómo pensaba o porqué hacía las cosas. Ahora sólo nos queda el dulce recuerdo de una imagen que parece tomada por una cámara a la que le han puesto una media.: no se distinguen las arrugas y todo está pelín difuminado.
El finado ya no podrá tener opiniones porque está muerto. Quizá comprendamos las que tenía en vida porque los prejuicios mueren con el de la caja de pino. Es entonces cuando se abre la puerta del infierno, que no es otra cosa que haber podido y no haberlo hecho. Quizá pudimos acompañarlo o comprenderlo o caminar junto a él/ella. Pero no lo hicimos. O abrazarlo. O no dejarlo solo. No sé.
No podremos discutir con él. Ahora, sólo pensaremos, ¿qué pensaría fulanito de lo que sea? Fulanito está muerto y si sus opiniones no te importaron en vida, para qué querrás saber su opinión ahora.
El muerto está feliz o triste. En la gloria o en el cielo. En el infierno o en la nada. Sólo está el envase reciclable de lo que fue un hijo de Dios.
La muerte no deja de ser una pregunta a los que entierran a sus muertos. Es un momento de dar gracias o de rechinar los dientes. No puede ser un momento de miedo o de magia.
Es punto y aparte. Seguimos hablando de lo mismo, viviendo, pero quizá con otra argumentación.
Lo bueno de estar muerto es que lo que has aprendido ya nadie te lo podrá quitar. Y lo que no, tendrás tiempo para darte cuenta, supongo, de porqué hubo otras razones para no haberlo hecho.
Confío en que cuando yo muera, no haya nadie que me llore. Porque espero que sea un motivo de alegría, si viví sin rencores. Sin prejuicios, perdonando. Haciendo presente el Reino de Dios. Espero vivir mi vida a pulmón. Y morir mi muerte feliz.

Y como dice la canción:

“Digan lo que digan, qué bonito es un entierro. Con sus caballitos blancos y sus caballitos negros. Con su cajita de pino y su muertecito dentro”.

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