EQUILIBRIO

La mujer ha sido moneda de cambio en todo tiempo. Es por eso que es necesario ver cómo actualmente se sigue haciendo lo mismo. No importa la mujer. Sólo importa mantener adormecido al grupo social más influyente.

Parece como si hubiera que hacer un movimiento de enrroque. Es aquel que, en realidad, sólo desplaza a un lado o a otro al rey. No hay avance. Sólo defensa.

La mujer parece ser así tenida en cuenta como ente independiente, autónomo y capaz. Pero creo que todo es mentira. Todo obedece a una maniobra en la que algunas mueven ficha para acercarse al poder y ejercerlo; no como si de una mujer se tratara, sino a la manera de los hombres. Esto es una falta de respeto a todas. Es inaceptable.
Y ahora, cuando los cimientos de nuestra sociedad del bienestar están siendo sacudidos por la crisis económica, (la penúltima y más evidente de las crisis que vive hoy nuestra forma de vida) es un buen momento para gastar algo de materia gris. Pensemos sobre algo que parece se hace espontáneamente, a pesar de que nos venda la moto de que aparece tras sesudas sesiones de investigación y discernimiento. Si, señoras y señores, y por ese orden: Voy a pensar en la Igualdad que parece presidir todos los ámbitos de la vida política, económica y…bueno, eso: La Igualdad y la Paridad que son las caras de una moneda bastante manoseada. Verdad por la cual ha de haber el mismo número de hombres, uy perdón, de mujeres y hombres en los cargos de dirección y políticos escenificándose así, más plenamente, la igualdad que se ladra.
Hace mucho tiempo, las mujeres ejercieron su poder a través del Matriarcado; con él, los hombres eran los que servían a las mujeres y no ejercían ningún cargo salvo el evidente e imprescindible, el de macho reproductivo, y el de defensa y alimentación. De todo lo demás, se ocupaban las mujeres. Fue un periodo realmente fugaz y del que se tienen pocos registros históricos.
Por alguna razón, probablemente por la única razón que no necesita al cerebro, LA FUERZA, se cambiaron las tornas; Gracias a las herramientas más viejas del mundo (Supersticiones, religiones, mandatos divinos, extorsión, incultura, incomunicación, terror y todas esas cosas que tanto divierten y tan bien sirven a los que roban la dignidad) los hombres tomaron las riendas de todo relegando a la mujer a trabajos de mantenimiento de la estructura social, trabajos domésticos, maternidad… y, vamos, lo mismo que hemos tenido hasta hace tres telediarios. Y
¡Qué situación tan injusta!
Las mujeres haciendo esos trabajos y los hombres…. los otros. Durante siglos, esa situación se ha mantenido y se ha aplicado en todos los estamentos sociales. Desde el más bajo hasta el más alto, las mujeres han vivido a la sombra de cualquier mamarracho que, por el hecho de ser macho (me salió rima) tenían todos los derechos mientras ellas, se conformaban con nada.
Justo, muy justo.
Pero hay un montón de flecos sueltos. Demasiados actos de fe para un país aconfesional como el nuestro.
Por hacer algunas preguntillas: ¿Por qué ahora la Igualdad por decreto? ¿Es acaso necesario en estos tiempos institucionalizar lo imposible? Formulando lo evidente, se cacarea la igualdad como propuesta innovadora, como derecho fundamental (¿antes no lo era?). Se sigue a vueltas con la igualdad en el lenguaje porque, ¡¡qué sexista es el lenguaje!! Luchando contra molinos se habla y se grita igualdad para tan gran número de votantes que pueden hacer que la balanza electoral se incline dependiendo de un sospechosamente demagógico discurso.
La igualdad no es posible por cuanto que todos somos distintos, diferentes, únicos e irrepetibles. Cualquier intento de uniformar a hombres y mujeres es un neofascismo encubierto: Un todo por el pueblo pero sin el pueblo. Una mordaza. Un silencio por decreto. Es más circo y más pan, fórmula clásica y probadamente efectiva para atontar al proletariado y, así, desviar la atención de los temas realmente importantes. Imponer la igualdad es vaciar de contenido las palabras para que signifiquen lo que al poder convenga.
Hablar de igualdad usando como patrón al género que nos condena a ser como él es usar el veneno como antídoto de sí mismo. Mata de igual modo.
No se puede proponer la igualdad como solución al agravio al que se somete a un colectivo que, culturalmente, sigue ejerciendo los mismos roles a los que ha sido condenado y, además, los del género masculino. Así, se conquistan las ansiadas libertades de puertas para fuera, afianzando las cadenas de puertas para adentro. La libertad no llega con la amnistía. Llega cuando se vive la libertad desde dentro, desde lo profundo.
Las mujeres no tienen nada que demostrar. Ni a sí mismas ni a nadie. Y cualquiera de ellas que abandere la libertad como litigio, falta a la verdad e insulta a todas las que, siendo ellas mismas, vencen cada día al cansancio. Y no lo que otras, que no lo son, vocean.
En ninguna guerra hay vencedores. Sólo hay perdedores. Los que lo son de hecho porque en la lucha perdieron la posibilidad de imponer su opinión y los que perdieron al vencer porque las razones no pudieron ser defendidas en paz. Y por ello acudieron a la violencia, que es la peor de las derrotas. Por esto, me parece absurdo plantear un conflicto donde no lo hay. Sólo son vueltas a un tornillo sinfín.
Ante tanta estupidez fundamentada en la frustración de la diferencia de trato entre hombres y mujeres; Frente la minusvaloración de las mujeres ante los hombres por el sólo hecho de ser mujeres. Contra los decretos que imponen la igualdad como dogma yo propongo:
Equilibrio.
Que es un movimiento relativo y no una posición absoluta. Que se mueve alrededor del punto de apoyo y no discrimina ninguna posibilidad, volviendo siempre al lugar en el que todos miramos por el mismo rasero. Donde toda opción coexiste.

Huir de la dialéctica para entrar en el diálogo. Que los logros conseguidos no sean un rodeo que va dando la cadena. Asumir y enterrar los muertos para que abonen el futuro y no ensucien el presente. No guardar rencor por lo que no fue y así, como dijo Jorge Manrique, “si juzgamos sabiamente, daremos lo non venido por pasado”. Comprender y aprender de la historia para vivir y compartir. Integrar las diferencias para complementarnos y así formar la unidad tan necesaria en los tiempos de crisis. Afrontar sin miedo los retos. Abandonar los caminos ya transitados de los que conocemos su final y abrir senderos para llegar a nuevos lugares donde las diferencias, al igual que todos los colores del Arco Iris, formen una sóla luz.

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1 respuesta

  1. Delia dice:

    Equilibrio… quizá es el concepto que nos falta en casi todo. Y en estos asuntos de mujeres y hombres, me parece que las mujeres no nos terminamos de creer que nosotras tenemos un equilibrio interior, quizá porque la pugna por el poder no ha sido una de nuestras prioridades (eso es algo en lo que los hombres han pretendido introducirnos). Nuestra vista anda más bien puesta en lo cotidiano, en disfrutar de lo que somos. NO necesitamos demostrar nada a nosotras mismas ni a nadie (y menos a los hombres), porque SÍ sabemos lo que somos y lo que valemos.
    Por tanto, yo también estoy de acuerdo en que no necesitamos igualdad, pues -como dices- es sinónimo de uniformidad. Si ya es difícil ser quien soy, a conciencia, mucho más árduo sería intentar ser como otro. Creo que yo no lo voy a intentar…

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