LUEGO

luego2_0Creo que es una cuestión de respeto. A partir de conformar las normas que rigen la propia vida en relación conmigo y con los demás, es cosa de respetar los acuerdos, la letra pequeña. Y, la que se ve, también.

Naces. Y eso. La estrecha relación lactante- lactadora hace que se convierta en una figura importante. El padre entra en juego mucho más tarde, pero también impone su impronta. Los genes hacen su trabajo. A nivel físico, apenas podemos hacer nada; pero, a nivel emocional, podemos adquirir las habilidades que nos permitan evolucionar en el sentido que decidamos. Digo decidamos porque, si nos deciden, estamos jodidos.

Respetamos a nuestros padres por respeto. Después llegamos al punto en el que nos enfrentamos a ellos por necesidad, en la búsqueda de la propia identidad. Seguimos cambiando y buscamos, tras encontrarla individualmente y con suerte antes de los treinta años, nuestra identidad en relación con alguien que nos supone sosiego: Nos saca de nuestro lugar de confort para buscarlo comúnmente sin negarnos el carnet de identidad.

Cada paso es una evolución del respeto. Hasta que el respeto deja de ser la razón suficiente. Dejamos de ser respetuosos razonablemente para buscar algo que nos haga sentir vivo. Ya no es suficiente la buena teoría, los acuerdos, contratos matrimoniales, hijos de por medio o votos de obediencia, de…

La insatisfacción se apodera de nosotros y, adolescentemente, nos lanzamos a sentir. Sin medir, pues el hambre es mucho mayor que el instinto de conservación.

Sin darnos cuenta, nos volvemos insensatos, egoístas, antipáticos (o antiempáticos); ganamos en sensaciones. Pero esa ganancia es inversamente proporcional a nuestro amor propio, que va llegando rápidamente a la reserva.

Una vez que vendes tu alma al diablo, lo que te queda es un suicido asistido, una tristeza insondable: Un hambre atroz.

Luego. Luego volveré a ser yo.

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