LAICIDAD

RUBBIKSe va la liga. Vuelve la liga. Hablo de fútbol, pues no hay otra liga que la de fútbol. Y al son de las trompetas de lo que se va y vuelve, el runrún de las elecciones susurra telúricas canciones, antiguos argumentos que se esgrimen para seducir al estúpido elector, persona física de escasa memoria y aburrido gesto, que quiere amontonar colesterol sin ser molestado.

Y, como siempre, aparece la insoportable necesidad de arrancar la trascendencia de la educación; bajo la bandera de la absoluta libertad, la jauría de profetas se lanzan desde el desierto a la arena y proclaman la necesidad de trepanar la religión del conocimiento humano. En nombre de la democracia, se quiere imponer una laicidad a su modo. Pero, creo, la democracia es el lugar donde coexisten ideas. Las que funcionan, persisten; las que no, no aparecen en televisión y se minimizan hasta quedar relegada a los estantes de la historia. Y punto y seguido.

La oferta es tentadora. Se propone una vida llena de ideas y discursos unívocos, reflexivos, en torno a la mismidad, al yo como centro universal. Sabiéndome el rey de la creación, me relaciono con otros aristócratas de mi condición y vertebramos una vida plena de desarrollos filosóficos y propuestas sociales. El pueblo necesita de gente como nosotros para saber qué es lo bueno. Nosotros sabemos qué. Y se lo haremos saber.

La única diferencia es que los creyentes hacemos lo mismo desde una perspectiva fraterna y los que destierran los credos como, como decirlo sin parecer casposo, opio, atontadores, estupidizantes… de los vulgares que creen en algo cuando los ideólogos proponen espuma de poliuretano inteligente para rellenar los huecos de las dudas que impulsaron la existencia de la supervivencia a la vida inteligente, en relación.

Ojalá nuestra honradez, tamizada por las ideas originales que estructuran nuestro ser, sean tan puras que puedan traer la paz que deseamos, la igualdad necesaria, las mismas oportunidades para todos.

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