AQUÍ ESTOY

here-i-am-send-me_638345484Ni un mea culpa. Ni ná. Todo es un reproche a la antigua usanza. No reconocer que es posible que la situación sea producida por la complacencia, el “dolce fare niente”, la huída hacia adelante, cual burro tras zanahoria mientras pisotea la huerta de invierno.

Trepamos en el escalafón hasta que desconectamos de la cadena de mando. Es en ese instante en el que pasamos de ser servidores a serviles. Ser viles por alejarse nuestro corazón del amor primero.

Conviene meditar lento. Comprobar si somos quienes decimos, lo que decimos. Y, si no es así, reconocer nuestra debilidad. Pero es de cobardes o de ausentes de la realidad el ignorarla.

Culpar a la radiación solar de la perdida de valores, relacionar la veleidad de las mareas a la ausencia de compromiso en todos los ámbitos de la vida es hacer un ridículo espantoso. Pero ahí están.

Quienes pastorean conocen bien su rebaño. Los que no ponen pie en tierra nunca sabrán nada de quienes hacen posible un sacramento de donación venido a nada. Cuando el hábito hace al monje, no hay monje.

Seamos honrados. Confiemos en quien nos trajo a la vida: Quien nos llamó por nuestro nombre y al que dijimos “Aquí estoy”. Abracemos nuestra pequeñez. Y el se hará fuerte donde habita la debilidad.

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