EL REINO DE LOS MUERTOS

cariciaMoviendo la colita. Como los perros chicos. Tan contentos cuando los amos le hacen caso o les van a sacar de paseo. Cogen la correa y ya están sintiendo la presión en la vejiga. Listos para marcar las esquinas. Al acariciarlos, se relajan.

No soy. No somos tan diferentes a los perros y sus respuestas. Vestimos nuestras necesidades de inteligencia y argumentos que disfrazan la verdad, que por simple, es casi insultante: Millones de neuronas esclavizadas por una única idea: Tócame.

Hazme sentir. Hazme vivir un nanosegundo mientras me dice tu gesto que estoy aquí. Que estás aquí. Estamos.

Arráncame las entrañas: Vuélame los sesos. Es mucho mejor que vivir en el reino de los muertos. Los que deambulan por las calles, con sus guantes y sus gorros; sus móviles y perfumes que invitan al encuentro. El que no se produce; que condena de nuevo al vacío.

Apriétame. Rompe mis huesos contra tu pecho que no vale la pena vivir solo. Que sólo vale la pena vivir cuando estás conmigo.

No quiero ser un noble en esta corte.

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