SOBRE FAMILIAS Y GATOS

10583813_1735577290012516_1176508118240372341_nLas películas catalizan nuestro ánimo y encarnan nuestros arquetipos. Sé que he hablado muchas veces de ello, pero un final feliz es el principio, normalmente, de una vida en común. En la común de las vidas ocurre que, como todo lo que empieza, están preñadas de ideas preconcebidas que pretenden integrar ambas voluntades en pos de una feliz existencia; y maravillosa ancianidad hasta poder residir en una idílica y cálida residencia para mayores en los Everglades de Florida. Pues sí: Yo cedo un poquito, tú otra mijilla; un poco más, un poquito más. En pos de la felicidad plena, como si fuera un nivel de Minecraft. Como si se pudiera mantener un estado de felicidad permanentemente, endorfinas a cascoporro… Y te desdibujas mientras el otro va ganando terreno. Lo toleras porque es bueno. Cedes, aprietas los dientes. Cuando intentas recuperar algo perdido en el camino, el otro se revela diciendo que eso no es bueno; y das un paso atrás. Pero das otro más cuando crees que sí, que hay que darlo. Se da un momento tenso: El aire se electriza y la mala leche ocupa con su nata todos los recovecos de nuestra memoria. Y se impregnan las paredes de reproches. Los silencios preñan los vacíos creados para ser llenados de mutua felicidad. Los hijos aprenden que, en nombre del amor, se puede hipotecar el ser para tener. La culpa la tiene el director de la película, que nunca nos dijo que el pollo de sangre azul podía devenir en halitoso espécimen. Que la reina de la casa empeñaría todos sus valores y, a la postre, no pudo pagar los recibos del monte de piedad donde están sus sueños, apenas sin estrenar. A los hijos, los dotamos de derechos pero les inhibimos la impronta de la propia búsqueda desde el esfuerzo y la constancia. El gato, tras jugar con los ratones que pueblan la basura, se lame los cuartos traseros con denodado tesón.

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