UN INSTANTE

SALTOEn la orilla. En la playa. Al pie de una montaña. Desde todos esos lugares he visto la belleza, he sentido la emoción; el torrente de mi propia sangre queriendo reventar sus tubulados límites para hacerse uno con la marea, el río, la ígnea materia, invisible viento… Y desbocado mi corazón, se alegraba en cada momento que sentía que la vida es mucho más grande que la diminuta estupidez a la que se ha quedado reducida con los preceptos de los que saben lo que cada hombre y mujer necesitan: Como si necesitaran lo mismo un hombre, una mujer. Y cerraba los ojos. Respiraba profundo y deseaba que la belleza del momento borrara las fronteras de lo conocido para ser nuevo. Como nunca. Me dormía feliz. Pero, al despertar, creía que la belleza corpórea que toqué con mis propias manos había sido un sueño. Y lloraba. Me entristecía porque se fue. Otra vez se fue el tren de la alegría, de la infinita esperanza. Hoy, tras escuchar de nuevo la llamada a la rebelión, levanto mi mano, pido silencio y comienzo a escribir; a aprender de nuevo. A ser feliz un instante y otro hasta que me acostumbre a serlo. Y no quiera vivir de otra manera.

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