DIVIDIDOS

85B26117CInconexos. Distantes. Sordos. Como los cuerpos estelares bañados de vacío: Sin sonido ni imágenes nítidas.
Lo que una vez hubo de ser un todo armónico, se ve fracturado por la capacidad de crear argucias morales, pillerías religiosas, fronteras imaginarias basadas en el color de la piel o el signo que ilumina nuestras conciencias.
Despedazada la familia de todos los hijos de Eva y Adán, nos vamos desangrando. Y queremos que sean la revancha, la rabia, la impotencia ante las tumbas de nuestros hermanos la que nos sirva de bálsamo. Y, verdaderamente, no hay ungüento que nos libre del dolor desgarrador, humillante, anestesiante y, posteriormente, bestializador de una pérdida.
Mi hermano, cualquiera que sea su origen, quiere lo mismo que yo: Quiere una casa para vivir, un trabajo que dignifique su existencia y poder rezar a su dios. O no. Quizá sólo quiera vivir sin más películas más allá de la frontera de la legalidad, sin entrar en credos. Y, los cristianos, pues lo mismo. ¿Qué haremos entonces? Es muy posible que la inercia de la venganza o de la posibilidad de conseguir algún rédito en esta guerra civil, entre hermanos, se cobre algunas víctimas más.
Pero, como se nos recuerda en una fracción de tiempo armónico simple, no hay caminos para la paz: La paz es el camino. Conviene no lobotomizarnos la memoria: Pero tampoco trepanar la conciencia que busca el bien común por encima de todo. No blanqueará el negro luto ni limpiará la sangre de la blanca inocencia de los pueblos, cercenada por los que quieren medrar, conseguir un poder que hace que su edén sea un vertedero de escombros, un cementerio nacional.
Lo que me hace hermano es lo que me hace humano. Divididos por las diferencias que habrían de dotarnos de una mayor sensibilidad hacia el otro, advertimos en el vecino el enemigo a batir, el desconocido del que sospechar.
Aún no he lamentado la pérdida de ningún familiar. Llega el momento en el que deba empezar a considerar, sin fronteras ni credos, a todos como mi propia familia. Será entonces cuando ningún argumento será retorcido para dañar.
La violencia desertiza la creatividad, el credo, el interior de cada uno de nosotros. Que no haya ni una sola esquina en nuestro corazón descuidada para que se pueda emponzoñar por ella.

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