HOMBRES

O más bien machos. Porque, Hombres, tiene una dimensión filosófica de la que no creo que sean conscientes los machos de mi especie. Digo esto estadísticamente y sabiendo que “Consciencia”, “Filosofía” y “Dimensión” son palabras que no son utilizadas, por desconocimiento de su existencia, por los machos.

¿Porqué hablar de unos seres tan anodinos, vacíos, faltos de interés? No sé: Hombres.

Porque poco hay que hablar: Un ochenta por ciento instinto reproductor, un quince por ciento, instinto de supervivencia y un cinco por ciento, tirando por lo alto, de curiosidad por lo que no es evidente.

No sólo es un tema del que muy poco podemos exprimir sino que tenemos que añadir valor poniéndoles cosas encima:

Para que un machito tenga algo de interés, tiene que desplegar las plumas como los pavos reales. Como no tiene plumas, no se le saque más intención que la que tiene, pasean músculos, aparatitos, coches y productos que intentan atontar a la hembra. Estas son: Colonias y demás derivados. Después de dedicar más tiempo a atusar el pelo de moda que a cualquier otra cosa, salen de cacería. Ese instinto depredador característico de todo macho que se precie, le hace salir a la calle, la jungla, en la que probablemente, encontrará alguna hembra incauta, desprevenida que admitirá a trámite su baile nupcial de música a toda hostia en el coche, sonido de tubarro en la moto y tatuaje celta al lado de “amor de madre” cutre. También están los hablarines, los encantadores de serpientes, los aduladores, los que inspiran ternura, los soñadores. Toda una cohorte de posibilidades desplegadas para un solo fin.

Aunque aparentemente imposible- improbable, la hembra acepta su juego.

Hay diversas variantes pero, grosso modo, es el comportamiento de la mayoría de los machos reproductores de toda condición: Adaptadas a cada una de las escalas sociales, las plumas son más o menos caras, pero todas tienen el objetivo de obnubilar a la hembra para que sea compañera.

La hembra, con voz de Félix Rodríguez de la Fuente, lo mira con desdén al principio de la berrea y piensa que no está mal; que quizá haya tema y que, de los fallitos que tiene el candidato, ya se encargará ella de pulirlos para que sea un príncipe encantador.

A mi juicio, es el mayor error que cometen las hembras, porque los hombres no cambian. Perdón: No cambiamos.

Es un milagro que una mujer quiera tener a semejante espécimen a su vera más tiempo del necesario. Pero se dan. Las mujeres escuchan, comprenden, obvian, ignoran actitudes con la esperanza de que sólo hay que tener paciencia. En algún sitio está escondido el hombre que escucha, que mima, que se adelanta, que no tiene prisa por irse de casa; el que atiende a los hijos, los acompaña y educa con su ejemplo. El que no tiene que comprar su cariño con juguetes, como compraron el suyo hace tanto tiempo haciendo válida la transacción, la prostitución del amor a cambio de regalos. Es un negocio que él cree que es justo. Y por eso lo juega de esa manera.

No sabe que el amor es algo que, como el respeto, hay que currárselo todos los segundos. Así, llegamos al estado de cosas en el que ella, harta de esperar, ve que los príncipes no existen y que hay una vida real que atender. A no ser que ella dependa económicamente de él, lo mandará con su madre que tanto quiere a su niño del alma. Pero las semillas de inutilidad y falta de trascendencia ya han sido implantadas a fuego en los niños, futuros padres de otros niños en estado infantil hasta la senectud: Como ellos.

El macho *(F.R.F) no entiende qué ha pasado. El lo ha hecho bien. Es un macho *(F.R.F)  como Dios manda y se le trata como si no hubiera hecho nada. Nada de nada.

Nada. Es lo que los hombres hacemos. Creemos que, como dice Aute, con una homilía fuera de guión podemos parchear nuestros errores a la hora de reconocer la labor de la mujer. Es entonces cuando, la estadística falla y el hombre se da cuenta de que tiene el cráneo relleno de algo que le permite hacer… esto… mmm… coño, ¿cómo se dice? ¿Pensar, reflexionar, recomenzar, dudar,…? Es, en ese divino instante, el momento en el que el machito se transforma en hombre y el cinco por ciento de trascendencia invade el resto del ser, haciéndolo capaz de cambiar. Entonces, cambia y se muestra como alguien nuevo que quiere ir más allá de lo que ha hecho hasta ese infinitesimal instante.  La rana, el simio, se transforma en príncipe.

Pero es sólo el primer peldaño. Hay que ser hombres cada instante: Dándose cuenta de que hay vida en Marte que puede ser descubierta.

Los hombres no cambiamos. ¿O si?

 

*(F.R.F) Voz de Félix Rodríguez de la Fuente

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1 respuesta

  1. La vida siempre nos invita a descubrir, trabajar, sembrar el árbol que creemos necesario. Y hacerlo en silencio, gratitamente y con Esperanza.

    Quejarse delata una tarea que no se acomete. Jesús fue, es HOMBRE. Y de ÉL son muchos los intentan vivir como ÉL.

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