TELÉFONO

telfonoNo me gusta llamar por teléfono. Es un incordio. Tengo muchas cosas que hacer, preocupaciones que atender para andar invirtiendo un solo milisegundo de mi tiempo en algo que no es práctico.

Me llaman a veces para preguntar, pedir, consultar… ¿Es que soy el único al que se le pueden pedir esas cosas? Estoy seguro que hay gente mucho más capacitada para contestar y asesorar en el sentido en el que se me exige a mí.

Malditos. Malditos 4G, coberturas al 100% y mensajes de llamadas perdidas. ¿No os dais cuenta de que estoy muy ocupado y no me interesa? Mi vida es plena sin vuestros tonos de llamada, vuestros ésmes, güasaps o cosas por el estilo.

Eso es así.

Era así hasta hace bien poco. Han cambiado algunas cosas en mi vida y, de pronto, se abren huecos: Suena eco en mi interior. Lo que antes era expansión como la del Poliuretano a granel, se contrae como un músculo. Y hace daño.

Y siento la necesidad de sentirme acompañado, de escuchar la vibración de mi móvil en silencio: Ahora me da un vuelco el corazón, aunque sea un mensaje de una caja de ahorros ofreciéndome una tarjeta oro. Me doy cuenta de que la soledad y la compañía son estados que se roturan, siembran y recogen. Son hijos de sus padres.

Escucho una voz y la rechazo de principio. Pero es la primera que escucho en mucho tiempo y me sabe a vela de barco en el horizonte, en la isla de Robinson.

No deseo la soledad a nadie. Pero tampoco la quiero para mí. Quiero que sea un momento y no un estado. Quizá no la confunda con el necesario silencio que ha de habitarnos cada cierto tiempo.

Así, se dibujará una leve sonrisa al canto del móvil. No lo despreciaré: Pondré lo mejor de mi voz al servicio de quien quiere oírla. Toda mi atención para quien me llama.

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