NEGRA, PENA NEGRA.

maxresdefault-1Me cuesta respirar profundamente. Me encantaría hacerlo, pero es como si hubiera un Megaterio subido en mi pecho saltando a la comba: Cuando puedo, robo un poquito de aire. Los ojos miran hacia abajo. Dos anzuelos tiran hacia el suelo; el carrete me da tregua brevemente: Pero vuelve a tirar. Quiere que no mire, que no vea. El zumbido que vive permanentemente conmigo es la banda sonora de la tristeza que me circunda, vigila, espera… De pronto, clava sus caninos en mi ánimo, sus garras en mis manos; si fuera una Constrictor, terminaría el trabajo del Megaterio, anudándose en mi pecho, rompiendo las costillas, clavándolas en los pulmones. Es la crónica de un asedio, la ruina de los muros de Jericó desmoronándose bajo la presión de todas las guerras, presupuestos; los días mendigando en la puerta del Templo, implorando ayuda, reconociendo que no soy tan fuerte, que soy débil. En el camino, perdí la brújula, se apagó la linterna, se escondió la Estrella Polar… La negra pena, ¡¡¡Ay, cáncer del alma!!! Pena negra, que me envuelve como plástico al caer al mar: No deja moverme y me siento caer, lento, hacia el fondo en el que reposaré sin paz. Pero la paz no es característica de la muerte: Es recurso de vida. Divina fuente, crisol candente. Muro donde lamento y decido que hoy es el único día: Donde vuelvo a limosnear la paz como consuelo, como guía en la oscuridad.

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