NIÑOS

Cuando eres niño, el tiempo pasa muy despacio. Recuerdo la primera vez que entré en el colegio de la mano de mi hermano mayor. Había un pasillo oscuro y, al final, una luz muy fuerte. Venía del patio que ambientaría todos mis recreos en la educación general básica. De eso hace un millón de años. O dos.

Llovía, corríamos, hacíamos exámenes, nos comíamos el bocadillo de pan con chocolate que daban las cocineras del colegio antes de ir a clases de refuerzo. (Permanencia se llamaba entonces) Jugábamos en la calle, nos dejábamos las rodillas en el suelo y las gafas hechas cachos en el campo de fútbol. ¡¡¡Los veranos duraban tres meses!!! Eso era mucho tiempo: Tanto tiempo. Y todo iba tan lento, todo estaba en su lugar. Había una madre y un padre que ejercían y que te hacían sentir seguro. Había abuelos, tíos, cumpleaños, enfados, mentiras, inseguridades, secretos… Tantas cosas que se ven empañadas por el tiempo y de las que sólo recuerdo lo mejor…

 
Aún hoy sigo queriendo que el tiempo vaya más lento para darme cuenta de lo que vivo. Pero ya no soy un niño. Soy padre. Ahora me toca a mí ser la figura que resuelva los problemas, que acompañe y que ame con todas mis fuerzas a los niños que son las semillas del futuro. No sé cómo se hace, pero tengo que aprender a comprender los tiempos que me tocan vivir para dar herramientas a mis hijos y, de ese modo, sean autónomos, interdependientes y felices.

 
Pero hay una cosa que me preocupa. Cuando paseo por la calle, no veo adultos. No quisiera ser presuntuoso, pero no los veo; Veo niños y adolescentes entrados en años que siguen pautas más propias de niños que de gente madura. Siguen esperando que alguien les solucione los problemas, que les digan cómo se vive la vida para que todo vaya bien y que aún esperan que haya un milagro que haga que sus vidas tengan sentido.

 
Mujeres que son niñas: Que quieren ser queridas y amadas como se supone que hay que hacerlo, como si hubiera una única forma de amar para todas… Viven condicionadas por un denominador común que ha de hacerlas iguales y maravillosas. Y, cuando no lo consiguen, se sumen en la desesperación y la frustración de no alcanzar lo que se supone que les hará eternamente felices, guapas: Aceptadas. Vistiendo a la moda, perforándose la piel, tatuándose o actuando tan descerebradamente como los iconos mediáticos, van negándose a sí mismas para ser juguetes rotos de una mentira que las devalúa y las desprecia, las odia y las utiliza para luego olvidarlas en la sima de la depresión.

Hombres que buscan su valía en el trabajo. Como si el trabajo, aparte de dignidad y dinero, pudiera hacer que un tesoro fuera más valioso. Como si hiciera falta demostrar que tienen valor en sí mismos. Las mismas mentiras adaptadas a los hombres, los esclavizan de igual modo que a las mujeres. Y así, en el limbo al que están condenados, los niños entrados entrados en años malviven el sueño del bienestar mirando la tele, criando hijos y dándoles de comer el plato de angustia que supone que no saber cómo se educa. Niños que crían niños, que crían niños, que crían niños…

Lo bueno de la película es que los niños son los únicos que son capaces de percibir con inocencia la vida. Desde esa confianza creo que, lo que hoy es llanto, se transformará en alegría porque podemos crecer desde la ingenuidad de un niño a la madurez de un adulto. Todo puede cambiar si miramos con ojos de niño y esperamos, ay esperanza, con un corazón de adulto.

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1 respuesta

  1. EL QUE SOY dice:

    Entrañable, cierto, provocador que lleva a mirarnos donde a veces ya no sabemos. Así sí somos constructores de una historia de niño, de joven, de hombre, de madurez, que no siempre llegamos a conocer y admirar.

    Uno que quisiera recordar cuantas cosas recuerda este escrito

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