PROFETA Y GILIPOLLAS

incendioCualquiera puede ser un profeta. Sólo hace falta tener cuerpo: La voz y la cordura están sobrevalorados. Lo interesante del trabajo profetil es la exposición. Me explico: Inexorablemente, el empleo de profeta te hace estar continuamente con el culo al aire, a la intemperie.

Espoleado por un fuego abrasador, vas de un lado hacia otro hablando de cosas que la gente conoce… Pero que no quiere darse cuenta de ello, porque es un poco incomodillo, tú sabes…

Con ideas que son dulces en la boca y te revuelven las entrañas al tragarlas, comprenderlas…

Con sueños que son posibles, pero incómodos…

Los profetas son gilipollas que contestan preguntas que tú te haces de las que no quieres escuchar las respuestas. Está bien hacérselas, porque te hacen sentir que estás vivo. Pero, mientras el profeta es un incendiario, cada uno de nosotros somos bomberos de incógnito.

En realidad, todo está en nuestro adentro. Cuando alguien nos sirve de espejo, nos recuerda que hay vida después de cada realiti. Y eso jode mogollón. Pero, si por un instante, dejamos que la palabra del profeta actúe como llave para abrir el candado que encierra nuestro espíritu entre cuatro esquinas lcd, quizá renazca el Ave Fénix de las cenizas, se abra la puerta y se alce la vida.

Irracional, incontenible, dignificante, resucitadora.

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