TODO PERDÓN Y DULZURA

El otro día, hablé un ratillo con una niña de diez años; me dijo que Cristo había sufrido mucho por nosotros y que, cuando ella sufría, se lo ofrecía a Jesús por lo mucho que él había pasado. Y es un tema que me está dando muchas vueltas dentro porque me parece una pasada.

Si Jesús murió en la cruz fue porque su vida fue consecuente con los postulados que predicó durante su vida pública. Dicho esto, la cruz fue la consecuencia de ser consecuente (perdón por repetirme). Creo que Jesús no fue buscando una somanta de palos, ni de insultos ni nada de esas cosas tan agradables. Creo que fue lo suficientemente honrado como para no dar un paso atrás y negar toda su vida como hizo Pedro. Tuvo lo que había que tener: Confianza en lo que construyó su vida desde los cimientos hasta el tejado: Una buena teoría, un conjunto de valores sólidos y una voluntad que encarnar.

A Jesús no le gustó que lo mataran. No creo que, por ser hijo de Dios, no le importara que le infligieran castigos inimaginables. Creo que le dolió tela. Y se desesperó como cualquier hijo de vecino ante tamaños dolores.

A lo que iba es que hay una forma de pensar por la cual, si padezco (si Dios me manda una cruz, como se suele decir), se lo ofrezco al Señor. Él, diligentemente, lo ingresará en una cuenta especial que tienen en el cielo y que le producirá al doliente, de forma nominal y sin cargo alguno, unos dolores con intereses divinos hasta colmar la misma cantidad de sufrimientos que padeció nuestro señor Jesucristo.

Volveré sobre mis palabras y diré que la cruz no es un dolor, ni una enfermedad, ni un grano en el culo que me hace acordarme del todopoderoso cada vez que me siento: La cruz es la consecuencia de haber vivido la vida con plenitud absoluta. Lo anteriormente mencionado y catalogado como cruces, son dolores, molestias y cosas inherentes a estar vivo.

Bueno. Vale. Yo me pregunto qué narices puede hacer Dios con el dolor ofrecido. A lo más que llego a suponer es que Dios, que es padre, lo pasará mal cuando ve que uno de sus hijos lo está pasando mal y, en vez de tomarse algo para que se le pase pronto, con cristiana compostura, va y se lo ofrece.

Terminando. Creo que, si verdaderamente sufrimos, podemos aprender a sobrellevarlo con las avanzadas técnicas paliativas que hay hoy en día; si sentimos el dolor ajeno como nuestro, podemos encarnarnos en él y comprenderemos que las penas con pan son menos; y que si salimos de nuestro yo, por decisión propia y no como penitencia, veremos cómo hay muchas maneras distintas de vivir, de sentir.

Resumiendo: A un padre no le gusta ver sufrir a sus hijos. A ninguno.

Mortificar el templo del Espíritu que es cada hijo de Dios con cualquiera de esas invenciones tan majas, que proporcionan tanto dolor como cilicios, disciplinas, piedras en los zapatos y cosas similares para alcanzar la santidad y un sinnúmero de hematomas, es una manera errónea de plantear una relación entre un hijo y su padre. Y éste padre, curiosamente, es todo amor y misericordia: Es todo perdón y dulzura.

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