SETENTA VECES

4448-568c6df5d0204En las películas, cuando el malo es una modelo de proporciones oníricas, es menos malo. Casi te da igual que lo sea, porque está buena hasta decir basta. Cuando te preguntan por ella, por la película, no sabes que decir: Sólo te viene la imagen de la villana, se te acelera el pulso…

Vengo a decir que los malos, si feos, mucho más malos. Violáceos o verdosos, con dentaduras cariadas por la maldad, que es peor que por el azúcar o la ausencia de higiene bucal; con trajes de marca, pero marcados por la maleza, de malo, miran con una inquina, una malahostiez, que se agradece cuando llega el final y el bueno lo mata de muy mala muerte, con dolores inenarrables y condenándolo a la hoguera eterna de la impotencia por haber sido vencido otra vez. (ya se las ingeniarán los guionistas en traerlo de nuevo a la vida más deformado y con más necesidad de terapia)

Todavía me acuerdo de la villana bombona…

Me es mucho más difícil condenar cuando la villanía la ha cometido alguien a quien conozco. Se atropellan en mi mente los momentos que he vivido con el sujeto y me sale un quéseyo misericordioso que intenta perdonar. Pero el daño se ha hecho y ha causado dolor a terceros. No podemos mirar hacia otro lado.

Una vez condenado y sometido a escarnio público, me queda la duda: ¿Los malos nacen o se hacen? ¿Se es siempre malo o se puede cambiar? Si cambian, ¿Es a peor o a mejor? ¿Existe la redención sociológica o se queda en el ámbito personal, portando para siempre el sambenito?

Setenta veces siete.

¿Setenta veces siete?

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