LICENCIA POÉTICA

Buscando canciones para cantar con el coro, me encuentro con algunas que son pegadizas, sonoras, vocalmente sugerentes, impecablemente ejecutadas. Las escucho: Una, dos, tres veces. Me voy al supermercado a comprar para el almuerzo y, como un cencerro en una vaca, las llevo colgadas. Coño: ¡Que se me han tatuado en la memoria!

Pero hay algo…. Hay algo que no cuadra. Es la letra. Pongo toda mi atención y resuelvo: ¡Es una estupidez! No hay coherencia en ella. Es una sucesión de sensaciones, experiencias o palabras altisonantes, grandilocuentes, que, inconexas, atisban congruencia. Pero, ¡qué va! Es una gilipollez que se te pega en la sesera a través de las siete notas principales. Punto.

Así, temas como la fiesta, el amor, la amistad o un ciclo a pedales son punto de partida para estupideces que sólo con música podrían ser admitidas a trámite en el lóbulo frontal del cerebro. Como dice el dicho, “Carro untao, media mula”. Con una buena música, la memez cantada entra mejor. Dicho de otro modo, “La mierda con pan…”

A todo esto, lo llaman licencia poética. Quieren esconderse tras este concepto para no currárselo como Dios manda. Para argüir que, quien no entiende las letras, es porque es un iletrado. Bueno: Cuando escucho algunas, no veo la formación académica por ningún lado.

Hago un ejercicio de acefalia y escribo como los autores de semejantes truños.

¡Oh amor! Tus piernas son como algas.
Saladas y verdes que me atan a la barra del bar.
Allí donde, ubicuo y perplejo, quedé confundido por tu son.

Complejo y melifluo. Tu lenguaje me apabulla.
Tus caderas me marean. Tu mirada me anonada.

Amor y verbo. Carburadores y arena.
Dame tu cuerpo, nena. Hasta que llegue la luna.
Y despiece la noche.

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