ELEGÍA

La mejor manera de reconocer las virtudes de un semejante es matarlo. Dicho así, suena fatal; Dios me perdone. Pero es dolorosamente cierto. ¡Qué fácil reconocer la valía en los obituarios, lágrimas de pañuelo de papel! Rasgarse las vestiduras pues no tuvimos oportunidad de decirle lo increíblemente fantástico que era y cuán necesario para nuestro imaginario moral. Debo decir que es extrapolable a pérdidas propias. Me explico: Levantarte y notar que un nuevo dolor amanece en cualquier sector de tu cuerpo que creías que no tenía nervios. Pero sí: Todo lo que pueda doler, dolerá. Perder un diente y darte cuenta del espacio que ocupaba… no sé. Que cada uno ponga el ejemplo más subjetivo y eficaz para comprender. Así que me he puesto a fusilar algunas personas en mi mente para saber qué es lo que perdería. Y perdería… La fecundidad de aquella señora, su afecto: Su simplicidad a la hora de conceptuar y su acierto al hacerlo. Ese vecino que no para de contarte las mismas batallas y me lleva a una infancia llena de explosiones y Paracuellos del Jarama. Inevitablemente me hace pensar en los recuerdos que tendrán los niños sirios que fueron paridos bajo el terror y los silbidos de las balas. Ganaderos que recitan los nombres de sus vacas cincuenta años después. Dependientas de Ultramarinos que aún recuerdan los precios en pesetas y en céntimos: Enlaces con la tristeza, en blanco y negro y carta de ajuste. A todos los músicos que dieron tonalidad a la esperanza y al miedo. Cantantes de ópera que, puntas de lanza, rompen las fronteras de la mediocridad y alcanzan la luna con su pasión orquestal. Coros que desafinaron y triunfaron. Corales que colorearon el cielo de voces y matices, arrasando de lágrimas de alegría la triste rutina. Hermanos que acompañaron la niñez y hacen un guiño cómplice cuando suena el timbre de la casa de tus padres. Hoy, mi elegía, revienta vida porque están todos. Y, a todos, os doy las gracias.

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