¡QUÉ CHICO TAN BUENO!

Ya desde la cuna, recién nacidos, vamos advirtiendo que en la adaptación está el éxito. Cuando lloramos, podemos hacerlo por muy diversas causas: Hambre, incomodidad, sueño, dolor… A través de las interacciones, vamos viendo cómo relacionarnos con nuestro alrededor. Y cómo nos perciben.

Si sonreímos, la gente se enternece. Y constatamos que eso gusta. Ensayo mi mejor sonrisa y la ternura hace que se les haga el culo papilla. Y aprendo que eso, me beneficia.

Hacer las cosas rápido y bien, ser modosito, guardar silencio, no hacer ruido. Es, como ser un botones de hotel, pero sin serlo. Un ayuda de cámara sin empleo ni sueldo, pero eficaz.

Nuestros cercanos, orgullosísimos, se jactan de lo bueno que soy. ¡Y mola mucho!

Pero hay veces que no me apetece. Quiero sacar los pies del plato. Dejar la cama sin hacer, irme al colegio sin lavarme los dientes, suspender un examen, pintarme los ojos, vestirme como quiero…

Pero los adaptadores sacan su bozal. Su correa brillante se anuda en mi cuello cuando dicen: ¡Qué está pasando! ¡Mira la mosquita muerta, que tiene dientes! Y levantan el periódico y golpean hasta que vuelvo al modo servil, adaptado, esclavo de la forma correcta, el perfecto hijo.

Bueno. Si soy bueno. Pero también soy rebelde, soñador, amigo y colega: Amante; Aventurero y osado. Soy huérfano de amaneceres sin ventanas, de cimas sin banderola. De gratuidad y emociones a las que amar y aprender con ellas.

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