CARA QUEMADA

La ortodoxia impone su esclavitud. La belleza se mide en centímetros. El canon de proporcionalidad es tan antiguo como griego. Como las ancianas estatuas, las modelos de mirada vacía, escudriñan el horizonte interesadas por la curvatura del Universo conocido.

Todo lo que está fuera del bello arquetipo, es despreciado, ignorado…

Mi madre tiene la cara quemada. La autora de mis días me mira con ternura mientras uno de sus ojos, de mirada fija, lagrimea sin parar pues no tiene apenas párpado. Ellas, las lágrimas, salvan las cicatrices, blanquecinas y rosadas, deslizándose por un tortuoso sendero hacia la barbilla.

Sus besos saben a tabaco y a Vodka. La testimonial presencia de unos finos labios hace que el humo busque libertad entre los dientes y la imperceptible oclusión de la boca.

Boca que gime. Voz que golpea el aire con rabia, pues la combustión hizo de su tez un arado, una ladera de volcán: Una educada excusa para no mirar. Y comprueba el horror de quienes sólo ven la ausencia de normalidad, pues muy pocas personas tienen la cara tan personalizada por el regalo de Prometeo.

Y me abraza. Yo, hijo del dolor, selenita y débil, calmo su angustia. Su corazón golpea mi sien mientras sus brazos me rodean. Bálsamo soy: Recuerdo de la pretérita tersura en tiempo presente.

De perfil, su cabello cubre grácil su dolor. Por un instante, veo la mujer sin miedo. En el otro lado, el horror tatuado en su rostro.

El espejo, enemigo mudo, grita sus reflejos. Cuando la luz se apaga, la voz de mi madre no tiene cicatrices. Sus manos tejen caricias. Su corazón acuna mi sueño.

Bella es mi madre de noche y de día.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.