SARIN

Contemplando la pila de cadáveres, el jefe se sonrió. “Hemos hecho un buen trabajo. Nuestra patria nos recompensará” Y las mentiras se descojonaron de risa en su lugar de recreo: Despachos y cuarteles que protegen a los desvergonzados jerarcas; aquellos que estiman como daños colaterales la esquilmación de una parte de su población, disidente de su bazofia ideológica. ¿Quién, en el siglo XXI, aún puede creer que uno sólo de los hijos de la tierra son prescindibles? ¿En qué momento nuestra carne se volvió metal, nuestros sueños alquitrán y la humanidad se creyó innecesaria? Y los borrachos y los muertos cantaban con una sola voz “ande yo caliente…” Los sueños de los niños bajo la niebla del gas Sarin, se retuercen y gritan. La alegría nunca podrá poblar la tierra mientras uno solo permanezca sentado, horrorizado ante la perspectiva de crecer en un campo de refugiados. Del este y del oeste, llantos pueblan los vientos. Las nubes lloran azufre y dolores de un parto que no quiere terminar, pues es mejor morir dentro de tu madre que vivir muerto en sus brazos.

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