GUERRA

Quiero ser un ingenuo. Necesito creer en el hombre y, cuanto más miro los acontecimientos, más constato la distancia entre la paz y la situación actual.

Y me pregunto:
– ¿Quién gana con una guerra?
– ¿Hay felicidad en la vida de un corrupto?
– ¿La paternidad de un musulmán es más feliz que la de un católico, de un metodista, un adventista?
– Cuando muere una flor, un bosque, un arrecife, ¿se entristecen sus parientes?

Tengo respuestas para algunas preguntas. Para otras, no; y me resulta tan complicado comprender…

No hay ganadores en una guerra. Vivir con el miedo a ser descubierto no es vida, aunque tengas un tren de vida propio de los de sangre azul. La felicidad de ser padres no tiene parangón sea cual sea la luz que ilumine tu espíritu y conciencia. La Naturaleza entera se resiente cuando hay un solo brote arrancado.

Y, es la guerra, la única explicación que puedo darme algo convincente, la madre de todos los desmanes: El origen de todo sinsentido. Guerras pequeñitas, tamaño infantil, entre hermanos o guerras totales, como las comerciales, por el dominio de un nicho de mercado: O el de todos. Guerras para seguir fabricando máquinas de guerra que maten en los campos de batalla o en los sillones frente al televisor o el ordenador, donde la sangre se cambia por emociones o compulsividades, sin que medie la cordura entre la basura y tu hipotálamo.

Y llego a la terrible conclusión de que es para demostrar a alguien que somos, que existimos. Queremos exterminar a todo el que no sea de nuestro palo para conseguir el aplauso de nuestros iguales. ¿Quién querría ganar una guerra en la que no pudiera jactarse ante la concurrencia de la vergonzosa derrota que han sufrido los enemigos?

¿Quién escribió las reglas del juego?

El otro día vi como una niña decía a su madre: “Mamá, ¡mira cómo salto! Apenas separó los pies del suelo y la madre aplaudió emocionada. La cara de la niña brillaba como el sol.

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