CUANTO MÁS VIEJO

La edad te va dando eso que te da. Un dolorcillo por aquí, una subida de azúcar por allá, una vida sana por narices, que tienes que cuidartequenoestásparahaceresascosas. Desde la atalaya de la experiencia quizá pudiera ser una buena actitud la de recordar qué es lo que más feliz nos hizo durante el tiempo que acompañamos el paso de las estaciones con nuestros huesos. Pero voy comprobando que los recuerdos de mis mayores tienen un halo de tristeza, un tinte de añoranza, un rictus… Y sonríen sin convicción. Vencidos por la artrosis, recuerdan cuando montaban en bicicleta o subían los cerros y peñas del pueblo. Describen el olor del pan recién hecho, del suero de los quesos destilado; cuando las tabas era el mejor de los juegos y las noches de verano eran acompañadas por el concierto de grillos, ranas y arroyos. Si llego a ser tan viejo como para creer que tengo derecho a quejarme de todo lo que me rodea, a ser digno de respeto aun cuando falte a las normas por el simple hecho de ser un anciano, quiero que me recuerden que no tengo los años para vivir el resto de mi existencia constatando mi decrepitud; mi viejuna y torpe visión de la vida que, venidera, no comprendo: Quiero morir aprendiendo, caminar cuando el dolor me aconseje descanso, reconocer la esperanza, preparar el próximo curso. Todo como si fuera tan joven que no tenga cicatrices que duelan con el cambio de tiempo. Quiero recordar qué me hizo feliz, sí: Pero quiero ser consciente de la felicidad de la que dispongo en mi hoy. Que ser un anciano no sea claudicar ante Cronos. Que mi frente esté alta cuando llegue la Parca y juguemos al fútbol, como cuando era un niño.

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