EVANGELIZAR A LOS YA EVANGELIZADOS

Un corazón helado. Un corazón helado.

A -273° Celsius no se mueve nada. Cualquier fuente de calor es detectada a miles de kilómetros pues es casi negra la congelación absoluta. Mas, cuando se acerca un fósforo, todo se revoluciona: Ese leve atisbo de calor se transforma en incendio.

Y no. No estoy hablando de física: Hablo de Evangelio. Si Dios no habita, habrá otras deidades. Pero están heladas, pues necesitan constantes sacrificios y holocaustos rituales para entrar en calor. Si Dios es invitado a la negrura helada, los ríos comienzan a fluir y se llenan de vivientes: Ilusión, empeños, constancia… Y todo se torna nuevo.

El fallo está en que, una vez que comienza, cabe la posibilidad de querer conservar ese flash. No sé: Meter la llama del Espíritu en un bote de conservas de vidrio, para que dure más y no produzca Botulismo. Y no se puede. No se puede conservar lo que cambia y se marcha, pues sólo permanece el momento exacto en el que vuelve a encender la llama, como las cocinas de gas. Y se escapa. Y la llama se mantiene en tanto aceptas el reto de mantener viva la flama que calienta nuestra vida, vocación, amores y cantos.

Domesticar un océano, pintar el viento de colores. Vanidad de vanidades amaestrar a Dios a través de certezas que una vez fueron verdad y ahora son dogmas de fe.

Evangelizar a los ya evangelizados es provocar un proceso ígneo. La temperatura asciende; como también asciende la presión: Ambas terminan generando una roca distinta a la que precedió al inicio del proceso. Y que va transmutando el corazón cada instante.

No se puede caminar como adulto, con ideas adolescentes, con ganas de recibir los parabienes de aquellos que, cegados y con el corazón congelado, ven en nosotros una novedad.

Y lo es para ellos: Pero no para nosotros. A mí, me toca abrir brecha entre la maleza que me lleva al volcán: A su profundo magma. Y mudar mi piel y corazón otra vez.

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