BOSQUE

Sólido. O en plural. Así hemos de ser. Finitos. Casi herméticos. Sellados. Terminados: Recién salidos de fábrica sin mancha. Impolutos. La idea de una vida perfecta, con lo inmóvil que sugiere tal estado, se nos inocula y queda como una cicatriz mal cosida.

Y pienso en mi familia. Asustado, pienso en cómo poder librarnos de la mordaza de la felicidad planificada: Apuntalada milimétricamente para no salirnos del papel cuadriculado A4.

Pienso en mi hijo y siento toda la potencia de quien no siente la presión de lo debido. Educado: Sí. Pero libre para elegir. Árbol joven con nudos en la corteza, pero de verde y perenne hoja: Lleno de flores y abejas. De hormigas y rocío en la mañana.

Y mi niña que, golondrina, canta y me ignora. Sotobosque de helechos moviéndose como si de Sargazos se tratara. Bajo el mar, la danza se traduce al suelo y es mariposa; bichito de luz que coquetea con la luciérnaga de noche. Brisa burlona que refresca mi alma, ilumina mi desconcierto.

Y ella. Que me acompaña desde la linde del bosque que lleva nuestro nombre. Bruñe las palabras y caricias que construyen una balada que quiero silbar, pues es el mismo aire que entra en mis pulmones el que ella refresca con su sombra: Huellas en el barro que sigo aun cuando el agua se fue. Y es Sauce llorón bailando bajo la luna, Mimosa amarilleando el atardecer de primavera. Llega la noche y sus ojos encienden las estrellas y oscurecen el escenario que quiere serlo de los dos.

Todo el bosque se mueve bajo el hálito de una vida que nunca fue perfecta. Viva y torpe, aprende. Las hojas de los árboles otoñan y alfombran la tierra que anhela la lluvia. Las quebradizas hojas se vuelven rompecabezas; mullidas bajo el paso, vuelven para alimentar a la madre tierra que nos vio nacer, crecer.

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