PILOTO

Voy caminando por la calle. Y siento que soy el comandante de una misión espacial. En la cabina de mi cabeza controlo todos los procesos que me hacen desplazarme, sentir el aire en mi cara; la presión del suelo sobre las suelas de mis zapatos, el calor contenido en los calcetines… Ruido de los coches desplazándose en un caótico e inhumano baile de prisas, dientes apretados: Los conductores mayores ralentizan la circulación aumentando el desencanto de los más noveles, que quieren pilotar… Veo niños desde sus carritos engullendo gusanitos mientras lloran, pidiendo más. Las madres, ausentes, abducidas por el móvil, gritan a un interlocutor que parece no necesitar tal aparato por los decibelios desplegados por la interfecta. Escucho. Escucho el zumbido de los aires acondicionados, de los motores de las cámaras frigoríficas del supermercado, el ruido del fluorescente que parpadea desde el techo haciendo guiños a las bajadas de precios en las berenjenas. Y percibo las conversaciones que, por el tono, están vistiendo de limpio a cualquier criatura de Eva que no puede defenderse. Uno y otro se dan la razón y, despellejada, la infeliz víctima prosigue su vida sin saber que no lo quieren tanto como supone. O sí. Quizá el desuello comenzó en sus labios… Un encuentro y un apretón de manos. Reguetón insultando el aire desde un Cani-Car, olores a puchero en la escalera o de tapa viniendo desde el bar. En la puerta, señores de marcado abdominal, fuman. El humo no flota: Se cae de su hastiada boca. Me aproximo a mi destino. Las madres en la puerta del colegio comentan planes o describen dolores. Alguna sonríe y proclama su ilusión. Pronto es olvidada pues la puerta se abre y salen vomitados, arcada tras arcada, niños en tromba. Sonrisas de abuelos y yayas cargando con las mochilas de los críos que, maleducados, les exigen chuches. Hipotecados, ceden al chantaje por un beso. El piloto reporta el final del trayecto. Tu sonrisa, mi puerto, me da permiso para aterrizar.

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