CANON EN RE MAYOR

El otro día estábamos recogiendo los platos tras la comida dominical y mi sobrina puso de fondo una canción en el móvil. Dijo que era un chaval que le gustaba mucho. Me mencionó varios títulos de canciones que sonaban bastante. Tras escucharla un poquillo, le comenté que la letra era floja. Ella me dijo sin pestañear que no escuchaba la letra; que se la sabía, pero que desconectaba… Y recordé tantas canciones que me gustan en inglés y de las que no tengo ni idea de qué van. Que podría haber estado pegando botes en comunidad adolescente escuchando una canción que no decía absolutamente nada, como es el caso del principio, y habría dicho que era una peazo de canción. Y me doy cuenta de que la música es a la vida lo que el pan al bocadillo. Que puedes poner una mierda en medio que, habiendo pan, te lo comes igual. Da igual lo que se diga, pues no tiene importancia. Como tantas veces antes, constato que la naturaleza, cualquier naturaleza, siente terror al vacío y que, la música lo rellena todo; que el relleno de la música puede ser bazofia y no pasar nada. Y se me podrá responder que no hay que estar siempre buscando la trascendencia en todo: Que es muy aburrido escuchar cosas que dicen cosas. Pero me pregunto cuándo escucharán nuestros hijos letras que, acompañadas por la belleza de la música, sean verdaderamente concordes con ella. (para releer el presente textillo, propongo escuchar el Canon en Re Mayor, de Johann Pachelbel; constataremos que las tres cuartas partes de los grandes éxitos de los últimos cincuenta años contienen ésta obra en menor o mayor cuantía.)

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