SIMPLÓN

“El tonto y la verea: La verea se termina y el tonto se quea”

Un dicho antiguo y muy clarificador. Me pasa mucho con algunos temas. Y allá voy otra vez: “Venga la mula al trigo”.

Afirmo. No voy a entrar en discusiones con quien no está de acuerdo: “El ser humano anhela, necesita la trascendencia”. He dicho.

Dicho lo cual me atrevo a trochar monte y a soñar caminos. Y siento que el cielo estrellado está pleno de historias, de vanidades, héroes y almas colocadas por todos los que miraron al infinito y creyeron ver a su amor, su padre o, simplemente, se sintieron diminutos ante tanta inmensidad: Tal negrura habitada. Tantas luces diminutas hablando una parpadeante lengua.

Y todos los hijos de la vida, a través de todos los siglos, de todas las arenas del desierto, la salada espuma océana, de praderas de Helechos y Nenúfares, caminaron la existencia y quisieron ver más allá del último suspiro.

Nacieron dioses y reinos celestes: Formas animales dotadas de inteligencia y pasiones, de aladas serpientes creadoras y destructoras; criaturas similares a nosotros o tan cercanas como la sagrada vaca: Todas hablando de un mundo que supera al nuestro.

Y soy incapaz de interpretar tal paleta de colores que eclosionan en la blanca luz como arma de destrucción masiva, excusa para guerras santas o cruzadas. Si es Dios quien anima bajo tantos nombres la necesidad de felicidad y eternidad, ¿creéis que es el mismo que pudre la alegría para alentar la muerte de cualquiera de sus hijos?

Si algo bueno puede traer la trascendencia bajo capas y capas de tradición y traiciones, es que nace de la certeza de sentirse pequeño ante lo incomprensible. Y, a la vez, amados: Tan amados que seamos dignos de la felicidad de compartir tu tierra sagrada, animal sagrado, sacramento o danza. Todos a una bebiendo de lo que nos habita, a todos, por entero.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *