QUÉ CRUZ

¡Pues no que lo he vuelto a escuchar en la carnicería! Un señor en la edad de oro, eufemismo con el que se designa a aquellas personas que están cobrando una pensión, se quejaba de la cruz que le había enviado nuestro Señor. Más concretamente con los dolores que tenía en la espalda. Pero, como hay cruces para todos, una señora, envidiosa y en franca disputa comparativa, le dijo que eso no era nada: Su Ciática era terrible y su acúmulo de líquidos en las extremidades inferiores eran cruz insoportable. Yo, como padre, soy incapaz de concebir a un progenitor diseñando dolores específicos y espantosos para todos y cada uno de sus hijos. Eso me hace pensar en que, el hecho de tener una vida sedentaria, no haber cuidado la alimentación adecuadamente, el lógico desgaste de la máquina que somos, pueden ser algunas de las razones por la que lo que llamamos cruces, posiblemente, sean enfermedades. Totalmente de acuerdo conmigo, afirmo con la prudencia que da la locura, me encanta esta frase, que no se le puede atribuir enfermedad mental a Dios suficientemente desquiciante para que, por un lado dé vida, y, por el otro, se dedique a putear al personal. Y vuelvo a recordar que la cruz de Jesús es una consecuencia. Su búsqueda del Reino de Dios y su justicia para todos le llevó a ser torturado hasta la muerte. Por lo tanto, me parece fuera de lugar seguir llamando cruz a cualquier cosa que nos ocurra que termine en –algia, sarcoma o, simplemente, en –itis.

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