UNA COPITA

Una fiesta. Una celebración. Un buen motivo para tener un encuentro con los que te importan de verdad. También puede ser un final de reunión en la que festejamos la feliz conclusión de cualquier cosa. El motivo es lo de menos. La cosa es que siempre se ha de regar la alegría con un poquito de alcohol. Y, debo decirlo, me cuesta trabajo adivinar qué es lo que aporta a mi persona aquello que me hace sentir mareado, desinhibiendo los controles naturales de la cordura y la educación: Un producto que me hace un poco menos inteligente y un poco más ridículo. Pero parece que es muy necesario beber para celebrar. Uno mira la Eucaristía, una cena, la última, y comprueba la centralidad de la sangre de Cristo en el ágape. Pero aparte del sacramento de nuestra fe, donde el que oficia es quien se lleva la mejor parte, pues es él quien reparte, no acabo de comprender cuál es la aportación positiva de las bebidas alcohólicas. Y, un poco talibán quizá, me da por pensar que no deja de ser un negocio. Comerciar con algo que es perfectamente prescindible pero que, como es de toda la vida… De toda la vida: El argumento universal para justificar toda aberración, toda abominación. Guerras, como las de toda la vida, con sus cadáveres, violaciones y huérfanos: Un clásico de la cultura humana. Si son de religión, más clásicas; si en nombre de Dios, la excusa perfecta. Así damos a beber la sangre de los hijos de la Tierra a su madre, para que luego nos la devuelva en forma de mosto, Ribera o Fino, nos haga perder el juicio y celebremos la victoria sobre los muertos, infieles o no, bestializados y borrachos: Menos hombres y más esperpentos.

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