ETERNO

Daré por supuesta la preexistencia del Creador. Supondré que no había nada: Nada de nada excepto él. Todo lo era él. Todopoderoso. Infinito. Antes, durante y después, todo a la vez; no había continente: Uno sólo, era todo el contenido.

Visto de ésta manera, la existencia es un petardo; porque saber que eres el creador, el único, el increíble, la hostia vaya, era una castaña porque sólo podía hablar consigo mismo. El poder absoluto no sirve de mucho si no puedes hacer un despliegue de medios y de publicidad para contárselo al mundo. ¿Qué mundo si solo estaba él? Pues eso: La omnipotencia era una cosa muy potente, pero no acompañaba casi nada.

Qué voy a hacer yo, se preguntaba de tarde en tarde y de turbio en turbio. Decidió crear unos seres que le acompañaran, le escucharan y le sirvieran en aquello que necesitara. Por definición no necesitaba nada porque, no quisiera repetirme demasiado, es el omnitodo. Pero bueno. Ahí estaban toda la cohorte de ángeles y seres celestiales que se le ocurrió en su sabiduría crear. Todos los ejércitos eran de la fuerza aérea porque ya se sabe… celestiales, celeste… cielo.

Y ahí estaban tan a gustito. Cantando a Dios y lavando la ropa con la sangre del cordero, que lava muy blanco (blanco inmaculado). …no acababa de estar a gusto el señor. No señor. Todos los seres que con él vivían eran inmortales, tela de poderosos y con grandes virtudes. Pero sentía que la cosa no iba por ahí. Cuando no tienes elección, el poder y todo lo que trae consigo no es tan satisfactorio como lo pintan. “Debo hacer algo distinto” pensó. Y, lo que son las cosas, fue pensarlo y se puso manos a la obra porque era “el rey de los ejércitos, el todopoderoso, omnisciente, bla, bla, bla…”

Y le llevó algo de tiempo, siete días bíblicos, pero ahí estaban todos los seres que conocemos: Los animales extintos por su propia pata y los extintos por la pata del hombre. Los supervivientes y toda la parafernalia natural que los rodeaba.

Pero hubo un lapso de tiempo, antes de crear al hombre, que paró y meditó profundamente. No quiero crear un ser que no sea libre. No quiero ser un dios inevitable. Quiero ser amado. Dicho y hecho. Dios creó a la humanidad con la capacidad de decidir si él existía o no. Si era verdad o un mito. Si era opio o era pan. En ese instante, el todopoderoso desapareció en billones de pedacitos que se sembraron en el fértil suelo de la tierra recién creada.

En el cielo se quedaron a cuadros al ver que el jefe no estaba. Y no es que no estuviera, porque lo tenía bien pensado. Dejó al Hijo y al Espíritu de guardia.

Ya conocemos algo del resto de la historia. El hijo nace de una virgen… el espíritu se convierte en llamas que se posan sobre cada uno de los hombres que estaban reunidos… Y eso…

Pero, ¿qué tiene esto que ver con Dios? Es fácil. Como he dicho anteriormente, amar por decreto es una mentira. Y la eternidad y la omnipotencia no tienen sentido si un padre crea a sus hijos a su imagen y semejanza sin posibilidad de que lo amen por lo que él hace: Por lo que él es.

Por eso, el poder más grande que todos los universos vieron y verán jamás, sólo tiene sentido si eres amado: Libremente: Sin chantajes ni juicios. El máximo poder es el amor.

Entonces se metió en todos y cada uno de los corazones de los hombres. Para estar al lado de sus hijos y sentir cada latido de su hijo más querido: Todos y cada uno de los hijos de Eva, de los hijos de Adán. Y para que, cuando lo buscaran, no tuvieran que irse muy lejos.

Solo siendo verdaderamente amado, valdría la pena ser eterno.

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