RAINBOW

“Obsidiana. Me llamo Obsidiana” Le dijo la roca ígnea a un trozo de Mica Blanca o moscovita. Dices tú que tengo un nombre raro, pero el tuyo, ¿qué quieres que te diga? No creo que sea menos. Y charlaron de la exfoliación en láminas de la moscovita, del carácter vítreo, no cristalino, de Obsidiana, Ana para los amigos. Y se dieron cuenta de que nacían ambas del tiempo, la presión y la paciencia de todo el universo escondido bajo la delgada corteza terráquea. Se despidieron: “Que no pase un millón de años sin que nos veamos, que se pasan muy pronto. Ya sabes que las edades geológicas son así de caprichosas: Casi adolescentes…” ¿Es tan difícil reconocer la propia identidad y no convertirla en un canto rodado dentro de una honda de pastor? ¿Porqué la diferencia no me hace asombrarme de la deliciosa, caprichosa, voluntad de la que hace gala la naturaleza, amando de una forma distinta a cada uno de sus hijos? Comprendo que todo colectivo sometido a presión actúa como el principio de Arquímedes: Experimenta una respuesta con la misma contundencia y sentido contrario al recibido. Hago memoria y presente en mi mente a todos los que fueron humus de la libertad en la Revolución Francesa; los primeros sindicalistas; las primeras sindicalistas, que ardieron por un derecho inalienable… Y a mis hermanos homosexuales. Aquellos que han sido perseguidos por lo que no eligieron. Ni más ni menos que todos los que han sufrido injusticias por el simple hecho de existir. Un abrazo a todos ellos. A todas ellas. Y a todos sus hermanos, hermanas, primas, cuñadas: A sus padres y padrinos; a la familia política de todos los que los maltrataron creyendo que eran fieles, honestos, cabales y justos. Cada uno hizo lo que supo: Lo que creyó en conciencia que era lo correcto. Os invito a ser tan magnánimos con quienes no compartimos vuestra identidad como quisisteis que lo fueran, lo sean con vosotros. Quizá, de esa manera, tras la tormenta, aparezca en el cielo la promesa de que no habrá, nunca más, ninguna destrucción.

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