¿QUÉ HA FALLADO?

A nadie, te lo aseguro: A ninguno de nosotros nos gusta que nos enmienden la plana, nos recuerden nuestros errores, evidencien nuestra debilidad. Por eso es mucho más interesante que haya un culpable, un malo: Cuanto más depravado, mucho mejor, pues mis errores son casi pueriles al lado de las demoníacas maldades de quien mata niños, extermina culturas o fusila en nombre de la deidad.

Todo esto viene a que, de una forma automática, nuestro impulso a la hora de relacionarnos con la descendencia es casi la que tiene un prestamista con su víctima: Se está muy encima de ellos para no perder la inversión, ni sus intereses. Y, como el tener es más tangible que el ser, queremos que tengan todo lo que no tuvimos. No queremos que sean lo que nosotros no fuimos ni somos, pues es algo de lo que no nos sentimos demasiado orgullosos.

Así que, con el malo de fondo y nuestra pésima gestión como educadores, planteada la trama, el nudo en desarrollo, vislumbramos el desenlace: Se comportan nuestros hijos como si les debiéramos dinero. Si el límite que impusimos fue inflexible, la rabia se traduce en litigio; si no le pusimos límites, conflictivo también, pues no saben dónde está la frontera… Si la ausencia de valores fue para no imponerlos, se llenaron los vacíos de pulsiones y deseos, fogueados por el instinto y la frustración.

Y, sin el grado de Paternidad, nos preguntamos qué ha fallado.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.