CONCORDE

¡Qué tiempos tan escépticos! Si no vemos, no creemos. Es tan “Tomasino”. Y humano al mismo tiempo. Es francamente complejo confiar y no tener pruebas de que, lo que crees, es cierto.

Te agarras a un clavo ardiendo, una sombra en la noche, una chispa en el hielo. Quieres pensar que, en algún momento, se dará un gesto.
Para creer no hace falta un milagro. Ya es suficiente milagro creer. Ser conscientes de la trascendencia de cada una de las cosas que ¿estructuran? tus ideas y verdades.

En la soledad más profunda, das gracias por creer: Que todos somos hermanos, que no sobra ninguno; que ante Dios somos todos, todos, iguales y no hay comportamiento que no pueda ser perdonado, pues es el amor el que vertebra nuestra fe.

No. No hay milagros que sirvan de rúbrica, apuntalen nuestro credo ante el laicismo dominante, excluyente… No hay apariciones, ni caminatas sobre el agua. No hay resurrecciones de familiares. No.

Pero mira tú que, cuando veo la multitud, concorde, convocados, como un solo hombre, por la llamada de su equipo de fútbol, en una más que conocida liturgia, con sus señores de negro y sus sacristanes que, dependiendo de la circunstancia, cambian de atuendo: Pero con el escudo en el pecho. Y renuevo la esperanza.

Concluyo que, lo que no está ocupado con lo que dignifica a toda vida humana, Dios para ponéroslo más fácil, se llena de cualquier gesto que convoque a una comunidad bajo un solo corazón, una sola fe, un solo bautismo: Sea cual sea el Dios usurpador.

Me doy cuenta de que no estamos tan lejos de la Buena Noticia. Sólo nos estamos preparando, como las que esperaban al novio, a que nos incendie el corazón: Lo haga uno con todos.

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